ENCUENTRO PARROQUIAL
Martes 13 de diciembre de 2016

EL JUICIO FINAL O DE LAS NACIONES (Mt 25, 31-46)

Habiendo rezado previamente, dio comienzo este encuentro parroquial con la proclamación del Santo Evangelio, para irlo desentrañando después.

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria. Todas las naciones serán congregadas ante él, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a la izquierda.

Estamos en la conclusión o última parte del gran discurso escatológico y Jesús y sobre el fin del mundo. No es una parábola, ni tampoco una exhortación profética a convertirse, ni una amenaza profética de castigo, no es una descripción horripilante de lo que sucederá en la renovación del mundo. Antes bien este fragmento es un compendio de la doctrina y de la reclamación de todo el Evangelio en vista del juicio. Habla del juez y de los que son juzgados. En la figura de Jesús, el Mesías juez, culmina la confesión que la Iglesia hace de su fe en Cristo. Aquí se manifiesta de una forma terminante por quién hay que tenerle. Su persona y su mensaje obtienen en esta hora su confirmación inapelable. Los que son juzgados también llegan a conocer por esta escena la verdad auténtica sobre sí mismos. Lo que el Evangelio dijo hasta ahora acerca de los hombres y lo que de ellos reclamó, aquí se sella de modo definitivo. Jesús no sólo era el Mesías de Israel sino el redentor de todas las naciones. No viene como Mesías glorioso para los judíos, como ellos creían, ni para los cristianos, de acuerdo con su expectativa, sino como aquel a quien han esperado todas las naciones y que las reunirá a todas.
Dos imágenes del Mesías se transfunden una en la otra: la del Hijo del hombre que aparece revestido de poder y la del pastor. Antes se dijo con lenguaje paradójico que el Hijo del hombre tiene que ser entregado y muerto (17, 22s; 20, 18). Ahora viene el Hijo del hombre en su gloria con todos los ángeles y se sienta en el trono. Como pastor, ha ido a buscar a todas partes las ovejas perdidas de la casa de Israel, pero en vano: ellas no han querido (23, 37). Ahora bien, se trata de un pastor rebosante de poder. Ya no es el buscador humilde que sigue, incansable, la oveja perdida, hasta que la tenga puesta a salvo, el que se hace cargo de los pecadores, de los pobres y de los que gimen bajo el peso de la vida. Ahora es el pastor regio, como se dijo de los grandes reyes orientales y como ha contemplado el vidente de Patmos: “Ha de regir a todas las naciones con vara de hierro” (Ap 12, 5). Esto es lo que ocurre ahora. Con una larga vara de pastor, que tiene la punta de hierro, el pastor divide el rebaño en cabritos y ovejas. El Hijo del hombre como pastor regio ejerce este cargo que Dios le transmitió. Porque el Padre le ha “dado todo poder en el cielo y en la tierra” (28, 18).juicio-final

Entonces dirá el rey a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre; tomad en herencia el reino que para vosotros está preparado desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me hospedasteis; estaba desnudo, y me vestisteis; caí enfermo, y me visitasteis; estaba en la cárcel, y fuisteis a verme. Entonces le responderán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer, o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te hospedamos, o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte? Y respondiendo el rey les dirá: Os lo aseguro: todo lo que hicisteis con uno de estos hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.

A la imagen del Hijo del hombre y del pastor se añade como tercera la del rey. Jesús respondió afirmativamente la pregunta de si era el rey de los judíos (27, 11). Pero este reino permanecía oculto. Sólo fue dado a conocer públicamente por medio de la inscripción de la cruz (27, 37). Esta inscripción no indujo a los que la leyeron a doblar su rodilla como homenaje, sino a burlarse de él (27, 42). Se le colocó como manto real un raído manto de púrpura, como cetro se le puso en la mano una caña, como diadema se le ciñó una corona de espinas (27, 27-31). Pero ahora se manifiesta este reino del Mesías: “Y sobre el manto y sobre el muslo lleva escrito un nombre: Rey de reyes y Señor de señores” (Ap 19, 16). Desde el principio del mundo el reino de Dios está preparado. Este gran objetivo de Dios fue frustrado por toda la culpa del hombre y por todo el desconcierto de la historia. El reino de Dios siempre estuvo dispuesto. Los perfectos deben participar del festín de su señor (25, 21). Deben tomar este reino en posesión como herencia propia que les ha sido confiada. Uno ya se hizo cargo de esta herencia en el punto central de la historia, cuando fue resucitado de la muerte y constituido heredero universal. No sólo para alegrarse y disfrutar de la herencia, sino como primogénito entre muchos hermanos (Rom 8, 29). Éste vino a ser nuestro hermano con la forma terrena de la vida humana, y también quiere serlo con la forma celestial de la vida divina. Y si somos “hijos, también herederos: herederos de Dios, y coherederos de Cristo” (Rom 8, 17). Entre los primeros discípulos ya estaba en vigor la regla que Jesús había establecido: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me envió” (10, 40), y “quien acoge en mi nombre a un niño como éste, es a mí a quien acoge” (18, 5). Lo que uno ha hecho a otro, especialmente a un pobre o necesitado de ayuda –como un niño– por amor de Jesús, lo ha hecho a Él mismo. Cada uno ha sido hermano de Cristo. Ya no tiene importancia conocer si lo sabía o no lo sabía, si quería o no quería servir en él a Cristo. Al fin se manifiesta que todo servicio del amor fue servicio al gran hermano Cristo. Las obras que el juez enumera, son obras corrientes de misericordia. Los escribas judíos han tenido un gran aprecio de ellas y son ejercitadas en todos los pueblos. Pero los cristianos saben especialmente que su excelsa fe tiene que repercutir en estas obras sencillas. En la práctica esta sencillez está con bastante frecuencia en oposición a las excelsas palabras de la fe. La fe excelsa está vacía y es reprobada, si no puede hacerse tan pequeña, que entienda que está al servicio de los más pequeños.

Entonces dirá también el rey a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me hospedasteis; estuve desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también éstos replicarán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces él les responderá: Os lo aseguro: todo lo que dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, conmigo lo dejasteis de hacer. Y aquéllos irán a un castigo eterno, pero los justos a una vida eterna.

El mismo diálogo de antes se repite entre los que están a la izquierda y el rey juez. Ellos también han visto, pero no han obrado. La indigencia de los hombres no les ha conmovido, no les ha impulsado a ayudarlos. Pero ahora solamente vale lo que cada uno realmente ha hecho y no lo que ha pensado. No bastan la queja, el sentimiento ni la compasión por los que padecen indigencia, sino que es preciso poner manos a la obra y ayudar. Asombrados preguntan cuándo ha ocurrido que le hayan visto. En esta pregunta asombrada resuena el pensamiento de que seguramente le hubiesen servido al instante, si le hubiesen reconocido, así como Leví (Mateo) le agasajó en su casa o como hicieron María y Marta. No sabían que Jesús se oculta en los más pequeños, no sabían que hay que encontrarle y “verle” efectivamente en ellos. Creían que el amor a Cristo y el amor a los hombres son dos cosas distintas, y no una misma cosa. Han contemplado a su Señor, quizás eran piadosos y han rezado mucho, pero han hecho caso omiso del hombre que tenían a su lado. Ahora se descubre esta perniciosa bifurcación de su pensamiento. Por desgracia es demasiado tarde, porque ya no puede repararse nada de este servicio. Lo que fue rehusado a los hombres, también fue rehusado a Jesús. Sólo basta hacer de veras la voluntad del Padre (7, 21).

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