ENCUENTRO PARROQUIAL
Martes 10 de enero de 2017

LA PASIÓN: JESÚS Y BARRABÁS

Toca que tratemos en el encuentro de hoy, tal como vamos siguiendo, el número 596 de Catecismo. Helo aquí:

Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19). Los fariseos amenazaron de excomunión a los que le siguieran (cf. Jn 9, 22). A los que temían que “todos creerían en él; y vendrían los romanos y destruirían nuestro Lugar Santo y nuestra nación” (Jn 11, 48), el sumo sacerdote Caifás les propuso profetizando: “Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación” (Jn 11, 49-50). El Sanedrín declaró a Jesús “reo de muerte” (Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2) lo que le pondrá en paralelo con Barrabás acusado de “sedición” (Lc 23, 19). Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21).

REFLEXIÓN A MODO DE HOMILÍA

(Caritas – Pastor de tu hermano – Cuaresma 1986, p. 111 ss)

“¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?” (Mt 27, 17).
“Me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 20).

Cuando el padre franciscano San Maximiliano Kolbe, santo polaco, pidió ser cambiado por el vecino a morir, por el  próximo de la mala suerte, para ser ejecutado en su lugar, no debió pensárselo mucho. Si lo  piensa, a la luz de la moral, quizá se hubiera convencido de cómo lo que quería hacer rayaba en  el suicidio. Debió moverle más la fuerza del sentimiento.
Debió ser el impulso y la urgencia de una caridad sin límites. Debió ser una hermosa,  divina corazonada. Eran “los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (cf. Fil 2, 5).
Porque eso fue lo que hizo Cristo Jesús. Dejando su posición segura, quiso ponerse en  nuestro lugar, para ser condenado por nosotros. “Conviene que muera uno solo por el  pueblo y que no perezca la nación” (Jn. 11, 50), pontificó Caifás; “y no sólo por la nación,  sino también para reunir en uno los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn. 11, 52). Murió  por todos. Murió también por ti. Murió también mí. Por nosotros y en nuestro lugar.
Es el caso de Barrabás, “el hijo de su padre”. Para él había una cruz preparada. Pero en  su lugar se clavó a Cristo, “el Hijo único del Padre”. El Hijo de Dios, hecho Hijo del hombre,  se cambia por todo hijo de su padre, por todos y cada uno de nosotros. “Me amó y se  entregó por mí”. Derramó su sangre por mí y por “muchos”.
¿Quién es Barrabás?

Barrabás soy yo. No soy hombre justo, desde luego. Quizá no haya matado a nadie,  pero sí he dejado morir a muchos. No tendré las manos manchadas de sangre, pero  tampoco las tengo gastadas hasta la sangre. No he amado a mis hermanos, condenados a  muerte, más que a mí mismo, ni los he amado como a mí mismo. No sólo no les he dado mi  vida, ni siquiera una gota de mi sangre o de mi salud o de mi seguridad o de mi tiempo. No  les he acompañado ni les he comprendido ni les he defendido ni les he liberado. No les he  amado como Cristo me amó a mí. Entonces no cumplo con su mandamiento de amor. Entonces estoy en pecado. Entonces soy Barrabás. Pero Cristo me amó y se entregó por mí, nuevo Barrabás. Es la iniciativa de su gracia. Es pura gratuidad. No había en mí merecimientos, sino indignidad. Me amó porque quiso. Me amó porque me amaba. Me amó para hacerme bien. Me amó  para que no me condenaran. Me amó para que no muriera. Me amó para que aprendiera a  amar. Aquí, en este libro, aprendió San. M. Kolbe y tantos otros discípulos destacados de la  caridad.
Me amó gratuita e incondicionalmente, delicada y apasionadamente, compasiva y amistosamente. Me amó como el mejor médico, como el amigo preferido, como la madre más tierna, como el  esposo más enamorado. Me amó hasta el extremo, y su amor continúa renovándose cada hora. Y su amor no tiene fin.
Y se entregó por mí, el pastor por las ovejas, el Señor por el súbdito, el príncipe por el esclavo, el justo por  Barrabás, el Dios por el hombre. Podía haber entregado un precio cualquiera, un regalo bajado del cielo, una obra de sus manos divinas, una dádiva cualquiera; podía incluso  haber ofrecido algo más suyo: una oración o una fatiga o una gota de sangre. Pero nos la dio toda, se entregó del todo, no se reservó nada. Nos dio su sangre, su agua, su cuerpo, su Espíritu, después de habernos dado su palabra, su luz, su perdón, su amistad.
“Generador de toda entrega”.  Me amó y se entregó por mí. Este amor entregado es la fuente de todos los amores y el  generador de todas las entregas: la de los mártires, la de todos los donantes y servidores de la caridad, la del franciscano padre Kolbe y la de tantos que aman y se entregan sin reservas, movidos  por la fuerza del Espíritu. Sea también de la mía. Si yo fui Barrabás, sea también redentor. Si Él se entrega por mí, yo debo entregarme por ellos. Amor saca amor. Iglesia, Caritas, pueblo de Dios aquí congregado…: aprende cuáles son y dónde están tus raíces. 

Añádase si se puede el comentario a la escena del intercambio de miradas entre Jesús (Jim Caviezel) y Barrabás (Pietro Sarubbi) en la película La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, y cómo cuenta Pietro Sarubbi su conversión.
Véase la escena, con una aparición de Claudia Procula, la mujer de Pilato, en una ventana… “Mientras él estaba sentado en el tribunal, le mandó a decir su mujer: “No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa” (Mt 17, 19).

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