ECUENTRO PARROQUIAL
(21 de enero de 2017)

CREO EN JESUCRISTO: QUE MURIÓ POR NUESTROS PECADOS

Catecismo, números 601-605: Se nos habla en estos números de Jesucristo “muerto por nuestros pecados según las Escrituras”, a quien “Dios le hizo pecado por nosotros” y por quien “Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal”. Ofrecemos también a continuación las dos reflexiones siguientes:

I: Caritas. Un pueblo pobre. Cuaresma 1985

“Molido por nuestras culpas” (Is 53, 5). Triturado por nuestros pecados y Varón de dolores. Jesús de Nazaret, el Cristo, fue una víctima de entre tantas debida a la maldad humana, hombre entregado en manos de los pecadores (Mc 14, 41). Fue entregado en manos violentas de hombres pecadores, en manos mezquinas, sucias, cobardes, ambiciosas de hombres pecadores. 
Una verdadera confabulación de injusticias, violencias, mezquindades y mentiras. La máquina pecadora del mundo, “el pecado del mundo”, se puso en marcha contra el justo.
Después, el gran pecado se fue repartiendo en pequeñas partículas, sembradas en los corazones de muchos. “Aquello de que fue víctima Jesús es una acumulación de pecados más o menos vulgares: la mentira, la envidia, el odio, el miedo, el interés… Esos pecados son de todos los tiempos y esos pecadores están en todas partes” (M. Gourgues).
Quiere decir que, si Cristo naciera hoy entre nosotros, sería igualmente eliminado. Quiere decir que la culpa no es de un pueblo, sino de todos. Quiere decir que tus pecados y los míos también mataron a Jesús. Quiere decir que, cuando se ofende o se hiere o se mata a un justo de cualquier tiempo y lugar, se está matando a Cristo. Quiere decir que el pecado del mundo mata la vida y mata a Dios.
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Y, por otra parte, quiere decir que el hombre es capaz de todo: capaz de perseguir toda justicia, de machacar toda bondad, de asesinar lo más santo que se presente, capaz de crucificar el Amor.
Cristo murió por nuestros pecados, por nosotros, que somos pecadores. “Él en su persona subió nuestros pecados a la cruz, para que nosotros muramos a los pecados” (1 Pe 2, 24). Si es verdad que los pecadores mataron a Jesús, no es menos cierto que Jesús murió por los pecadores. Los pecados mataron a Jesús y Jesús mató a los pecados. Éstos fueron a la vez la causa y el fin de la muerte de Jesús: nuestros pecados lo mataron, y él murió para quitarnos el pecado.
Hay algo más que una relación externa de Jesús con los pecadores. Podemos decir que el pecado penetra en la carne de Jesús, que sintió el aguijón del pecado en su espíritu, que cargó con nuestros pecados, sufriendo sus consecuencias, que “se hizo pecado”, pero “por nosotros, para que viniéramos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5, 21).
Cargado con nuestros pecados, como los animales de la expiación. Podemos poner todos en él nuestras manos y transmitirles nuestras maldades. Un peso insoportable. “Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba” (Is 53, 4). Pero todavía tuvo fuerza para subirlos a la cruz y dejarlos allí clavados, con su carne, como precio de redención y como trofeo de gloria. Tanto se solidarizó con los pecadores que quiso quitarles su peso, soportándolo él, para que fueran liberados, “para que muramos al pecado”.
Importa ahora que no sigamos crucificando a Cristo, sino más bien que “vivamos crucificados con Cristo” (Gál 2, 19) Importa que lleguemos a ser “justicia de Dios”. Importa que seamos amor de Dios y presencia de Jesús entre los hombres de hoy.
Entre los hombres de hoy según los valores del Reino de Dios. Pero nos surge en todo ello (como ya considerábamos en la sesión del encuentro parroquial anterior) un interrogante: ¿Cómo puede el Padre querer la muerte de su Hijo? ¿Cómo puede exigir su destrucción? 
El Padre no quiere la cruz, sino el camino que ha de llevar a la cruz. No quiere la sangre, pero sí la justicia, por la que será preciso derramar la sangre. No quiere el dolor, pero sí el parto de un mundo y un hombre nuevos, que no se producirá sino con mucho dolor. No quiere la muerte, pero sí un amor sin límites que llegue hasta la muerte.
El Padre quiere que el Hijo defienda los valores de su Reinado, y esto chocará con los intereses de otros reinos.
Quiere que defienda a los pobres, aunque los ricos no se lo perdonen.
Quiere que acoja a los pecadores, aunque los profesionales de la santidad se sientan irritados y escandalizados.
Quiere que proclame una ley nueva, templo vivo, pero los “viejos” le condenarán por ello.
Así pues, la cruz no es lo directamente querido por el Padre, sino el término previsto y permitido adonde desembocaría una vida de entrega firme a su Voluntad.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Es otra dimensión de la muerte de Cristo. Él ha querido abrir sus brazos y su corazón a todos los hombres, sin distinción de clases o razas; y de tanto abrirse, sus brazos quedaron extendidos y su corazón roto para siempre.

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II: Schmaus. Teología Dogmática III. Dios Redentor (Madrid, Rialp, 1959, p. 329

Por el pecado, el hombre, en cierto modo, se condenó a sí mismo a la muerte: se hizo sepulturero de su propia existencia y del orden terreno; Dios confirmó en su juicio de maldición lo que el mismo hombre había hecho: al dejarle morir y sufrir, Dios quiso que el hombre experimentara las consecuencias de su acción.
En esto se muestra que Dios toma al hombre en serio; no le trató como a un niño que no supiera lo que hacía, sino que se enfrenta con él como con un adulto libre y responsable que tiene que cargar con las consecuencias de sus decisiones.
En la muerte de Cristo en la Cruz adquiere su máxima seriedad este modo de comportarse Dios con el hombre; Dios le deja sentir con toda intensidad lo que fue su culpa.
En la Cruz revela Dios al hombre lo que ha sido y es: un rebelde y condenado a muerte. Dios mismo da así la interpretación más auténtica del hombre.
El que entienda bien la Cruz de Cristo no puede ya equivocarse cuando piense en la situación de la Humanidad caída. Dios mismo la desautoriza con toda su terribilidad.
Esta desautorización del hombre por parte de Dios aparece con más luz en la muerte de Cristo: el Hijo del Padre Eterno es condenado a cruz y matado por el pecador.
No es que el hombre al huir de Dios se condenara a sí mismo a muerte y Dios se lo dejara ver, sino que se ha despertado en el hombre una inclinación a la muerte y a matar al rebelarse contra Dios y contra la relación con Dios, le ha nacido una tendencia a conquistar su gloria rebelándose contra Dios y matando a sus semejantes.
Esta tendencia al crimen logró su más terrible posibilidad en la muerte decretada contra el Hijo de Dios hecho hombre. El abismo del pecado alcanza ahí su última profundidad. El hombre pecador quiere matar al mismo Dios; al pecar, lo que en el fondo se quiere es dejar a Dios a un lado, cuyo dominio es insoportable.
Al enviar Dios a su propio Hijo y permitir que fuera condenado y ejecutado por los hombres, reveló la abyección del pecado y el verdadero rostro del hombre.

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