ENCUENTRO PARROQUIAL
31 de enero

El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo
(Catecismo, nº 608)

Vamos considerando en nuestros encuentros parroquiales los temas o puntos que dedica el Catecismo de la Iglesia Católica a la Pasión de Cristo. Concretamente vamos por el número 608 en este encuentro de hoy, encuentro que vamos a tener justo fijándonos en el Sagrario de nuestra Parroquia, en cuya puertecita hay precisamente tallado un Cordero, representativo de Cristo. Lo mismo podemos ver también en una palia que usamos en la Misa.

A continuación damos lectura al mencionado número 608 del Catecismo, hecho lo cual compartimos entre todos, de modo reverente y como adoración, esta meditación, recordando Gn 22, 1-18, el relato de Abraham e Isaac, su sacrificio, que nos recuerda también el de Abel:

Tal vez recién nacido ya tuvo Jesús ante sí algún que otro cordero, cuando los pastores de Belén fueron a adorarle, encontrándose con él como nosotros nos encontramos ahora, como sus ovejas ante el Sagrario, como igualmente se encontraron también los Magos.
Estamos ante Jesús (Sacramentado) en medio nuestro, y porque estamos reunidos en su nombre. La Iglesia no se cansa de contemplar y adorar a Jesucristo, reconociéndolo y celebrándolo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como el Ungido por el Espíritu Santo, como el Hijo de Dios, el Señor mío y Dios mío, como dijo Tomás (Jn 20, 28).
Fue en primer lugar San Juan Bautista quien presentó a Jesús nombrándolo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La Iglesia (nosotros en ella) se parece y ha de parecerse a Juan: hombre atento, expectante, descubriendo a Jesús “que viene hacia él” (Jn 1, 29), dando testimonio de Él con su predicación, con el bautismo de conversión, con la disposición a dar la vida, con el martirio, pues, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, prefigurado también por Juan el Bautista, es El Mártir que nos salva, el Cordero Pascual, el que contempla y celebra la Iglesia en el Triduo Pascual. 
“Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). El Señor  viene como “Luz de las naciones”, para que la salvación de Dios alcance “hasta el confín de la tierra” (cf. Is 49, 6). Viene para arrancar, quitar, erradicar, extirpar “el pecado del mundo”, la mundanidad ajena o enemiga de Dios; ajena y enemiga de la felicidad que anhela el hombre; ajena y enemiga de la Verdad. Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).
Tener ante nosotros a Cristo (presencia real de Jesús Sacramentado) supone también tener ante nosotros nuestro pecado, la presencia real y la universalidad del pecado, la historia de pecado que es la historia de la humanidad. Aquí está el pecado del mundo y aquí está el que quita el pecado del mundo. Desconocerlo supone carecer de visión, andar en tinieblas. ¡Es fatal no ver la realidad! Veamos: el mundo en su conjunto tiene una condición pecadora, se arrastra bajo el peso del pecado, como Jesús se vio arrastrado por el peso de la cruz o como Él arrastró la cruz.
Las cosas pesan porque existe la ley de la gravedad, una ley que nadie puede con-trarrestar. Pero Cristo sí puede contrarrestar el peso del pecado y la ley que nos inflige la muerte. ¡Su gracia vence! ¡Cristo vence y rompe tu bloqueo de amor, tu muerte, todo aquello que frustra tu felicidad y la de cuantos te rodean!
Reconócelo hoy: Nuestra misma naturaleza es una naturaleza herida, inclinada al mal. Aquel cierto dominio que pareció adquirir sobre nosotros el diablo, la serpiente primordial, cuando el episodio del paraíso terrenal (que no es arqueología mítica sino existencia nuestra, en nosotros). Se nos reitera una y otra vez, experimentamos que el mal nos domina, nos vemos incapacitados para obrar el bien que quisiéramos.
Consideremos ahora Rom 7, 14-25:
Sabemos, en efecto, que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, debo reconocer que la ley es buena. Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí, porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí.
De esa manera, vengo a descubrir esta ley: queriendo hacer el bien, se me presenta el mal. Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la ley de Dios, pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón y me ata a la ley del pecado que está en mis miembros.
¡Ay de mí! ¿Quién podrá librarme de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor! En una palabra, con mi razón sirvo a la ley de Dios, pero con mi carne sirvo a la ley del pecado.
La Carta a los Romanos prosigue en el capítulo 8 por la vida en el Espíritu, texto que tendríamos que continuar en nuestra lectura y meditación. Invitamos a hacerlo.
Pero veamos aquí y ahora, ante Jesús Sacramentado, su gracia y nuestro pecado que se quita por su gracia: nos quita el pecado del mundo y nos da su vida, la del Espíritu: En la cruz, “cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19, 30).
¿Acaso no se refleja el pecado del mundo y el poder del diablo en la presencia amenazante del mal? ¿Cómo no ver ese poder en el desprecio de la vida de los inocentes, de los no nacidos y abortados, de la injusticia ante muchos que mueran de hambre, en los faltos de libertad, en los descartados de la sociedad, en las víctimas de la guerra o la crueldad, en cuantos sufren los efectos de la corrupción, etc.?
Este es el fondo y el trasfondo del pecado del mundo que quita el Cordero de Dios. La Iglesia, como el Bautista, ve en él al Siervo de Yahvé, el Varón de Dolores, que se deja contar entre los pecadores y carga con el pecado de las multitudes, y al Cordero Pascual que da su vida en rescate por muchos. De nuevo nos recordamos los textos del Santo Triduo Pascual, y nos emplazamos con vehemencia a celebrarlo en la mejor asistencia y participación.
Jesucristo Resucitado y Sacramentado es el que murió Crucificado: como Cordero a sacrificar, se dejó llevar en silencio al degüello, aceptando en obediencia su propia muerte violenta, en entrega amorosa y redentora. Es en la Cruz donde el Cordero de Dios quitó el pecado del mundo, donde con su expiación reparó nuestras faltas y satisfizo por nuestros pecados. Si el peso del mal no nos hunde es porque sobre el mundo se ha derramado la Sangre del Cordero, la Preciosísima Sangre del Redentor. Es su Pasión la que nos redime. Es su Muerte la que nos da vida. Es su Pascua la que infunde en nosotros la esperanza.
”Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Así lo dice el testimonio del Bautista y el testimonio de la Iglesia. Separados de Jesucristo no hay salvación. El mundo no se salva a sí mismo, ni por estrategias o esfuerzos propios; y el hombre no se salva a sí mismo. La Iglesia no puede silenciar este anuncio, puede dejar de testimoniar que sólo Él arranca y erradica el pecado del no mundo. La Iglesia tampoco salva, pero es Sacramento de Salvación para todos los pueblos y naciones; a través del signo ambiguo y eficaz de su presencia en la historia, por la sacramentalidad de la Iglesia y en la Iglesia sigue el Señor salvando hoy, y por siempre, a los marcados y redimidos por su Sangre derramada.
La Eucaristía nos marca con la Sangre del Cordero “inmolado y de pie ante el Trono de Dios” (Ap 5, 6). En el Altar, en la Santa Misa, se hace presente el Sacrificio que devuelve al hombre la Comunión con Dios, por la Sangre derramada por muchos para la remisión de los pecados. Como Juan, como la Iglesia en su Liturgia, como el Centurión que acudió a Jesús, también nosotros decimos: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la Cena del Señor. Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. 
Cabe pensar y predicar que, si la Pasión de Cristo no nos lleva a la Eucaristía, a Misa, no nos aprovecha de nada.

cordero

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