LA MUERTE REDENTORA DE JESÚS

(Encuentro Parroquial del 4 de febrero)

Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre. Así se encabeza la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica en su número 609, que puede leerse. La Redención alcanza a toda la humanidad.
Cristo murió por todos, no sólo por algunos. Esto significa que la Redención efectuada por Jesucristo es comunicable a todos sin excepción, de modo que cualquier hombre (y mujer), aceptando y cumpliendo la voluntad de Dios, puede aprovechar para sí los frutos de esa Redención en cuanto objetiva y universal.
La Sagrada Escritura muestra claramente esta realidad en multitud de pasajes.  Entre otros muchos, estos dos: Cristo “se dio a sí mismo en precio del rescate por todos” (1 Tim 2, 6); “Él es propiciación por nuestros pecados; Y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn 2, 2).
La Iglesia enseña que Dios Padre envió a su Hijo Jesucristo a los hombres para dar a todos su redención y su gracia, para que todos recibieran el ser hijos por adopción divina.
Contemplar la redención supone contemplar también el pecado del que hemos sido redimidos. Pecado y redención vienen a ser respectivamente como sombra y luz en la vida humana. Como enseña San Pablo: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios. Éstos son justificados por Él gratuitamente, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús” (Rom 3, 23-24).
El Concilio Vaticano II, en su decreto Ad gentes, nº 8 (sobre la actividad misionera de la Iglesia), nos enseña que “nadie por sí y sus propias fuerzas se libra del pecado, ni se eleva sobre sí mismo; nadie se ve enteramente libre de su debilidad, de su soledad y de su servidumbre, sino que todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, liberador, salvador y vivificador”. Así pues, Es Cristo quien, con su muerte y su resurrección, nos libera del pecado y nos reconcilia con Dios.
Según los protestantes, la satisfacción de la Cruz es simplemente penal, no verdaderamente sacrificial, de modo que Jesucristo ha sido castigado, no más; ha sufrido la pena, por nuestros pecados, pero no nos los ha quitado. De todo esto, concluye la Reforma, desde Lutero, que la Santa Misa no es tampoco un sacrificio.
Pero Cristo Redentor, Jesús sacrificado en el Calvario, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Éste es el aspecto de la Pasión que consideramos hoy.
El Concilio de Trento (1546-1563) reafirmó la doctrina de la Iglesia desde la Tradición que todos hemos de seguir como católicos. Para comprender mejor la fe de la Iglesia, que cree que la muerte de Jesucristo en la Cruz es un verdadero sacrificio, hemos de saber por qué la muerte de Jesús en la Cruz cumple con todos los requisitos del sacrificio y de qué modo el sacrificio de Jesús realizó la Redención del género humano.
El Magisterio de la Iglesia, frente a Lutero, es muy explícito al enseñar el carácter de sacrificio de la muerte de Jesús en la Cruz. El Concilio de Trento definió que “este Dios y Señor Nuestro Jesucristo quiso ofrecerse a sí mismo a Dios Padre como sacrificio presentado sobre el ara de la Cruz en su muerte para conseguir para los hombres el eterno rescate” (DS 1740).
Podríamos extendernos mucho más al respecto, pero nos falta espacio, el que nos repartimos en este Boletín (Redención y Esperanza 2017). Léase, como señalábamos al principio de este breve escrito, el número 609 del actual y vigente Catecismo de la Iglesia Católica. Y no olvidemos el importantísimo e imprescindible aspecto o dimensión sacrificial de la Santa Misa, aunque dicho aspecto –verdaderamente de Redención– no sea el absolutamente exclusivo. Seguiremos desentrañando más aspectos al respecto.

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