ENCUENTRO PARROQUIAL

(Martes 7 de febrero de 2017)

ANTICIPO Y MEMORIAL

Jesús anticipó en su última Cena Pascual la ofrenda libre de su vida. Así se dice y encabeza en el Catecismo la parte de la Pasión de Cristo que se expone en los números 610 y 611, de los que hoy tratamos.
En primer lugar, he aquí los mencionados números, a los que damos lectura:

610.- Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf. Mt 26, 20), en “la noche en que fue entregado” (1 Cor 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Cor 5, 7), por la salvación de los hombres: “Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19). “Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

611.- La Eucaristía que instituyó en este momento será el “memorial” (1 Cor 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los Apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: “Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad” (Jn 17, 19; cf. Concilio de Trento: DS, 1752; 1764).

En estos dos puntos se unen el sacrificio de la ofrenda libre de Jesucristo y la institución del sacerdocio cristiano.
Jesús utilizó la palabra cáliz o copa en diversas ocasiones antes de llegar a la institución de la Eucaristía.
En el Antiguo Testamento la palabra cáliz o copa encontramos que en ocasiones tiene el sentido de ofrenda de acción de gracias (Salmo 116, 13): “Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor”; en sentido festivo (Salmo 16, 5): “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”; expresando el cáliz del dolor (Salmo 75, 9): “El Señor tiene una copa en la mano, un vaso lleno de vino drogado: lo da a beber hasta las heces a todos los malvados de la tierra”, siendo también, pues, el cáliz de la ira de Yahvé (Is 51, 17-22), llamando a despertar a Jerusalén: “Tú, que hs bebido de mano de Yahvé la copa de su ira; tú, que has bebido hasta las heces el cáliz del vértigo…”.
Jesús se refiere al cáliz en el sentido misterioso del peso, de la amargura de todos los pecados de la humanidad. Jesús bebe el cáliz en calidad de inocente transformando el castigo que era para nosotros o que nosotros merecimos en bebida de salvación para nosotros. En  1 Cor 11, 23-25, leemos: “El Señor Jesús, la noche en que era entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía’. Del mismo modo, tomó el cáliz después de cenar y dijo: ‘Esta copa es la nueva Alianza en mi Sangre. Siempre que la bebáis, hacedlo en memoria mía”.
Queda patente en la última Cena Pascual de Jesús con los suyos el carácter o aspecto sacrificial propio, cuando habla de “mi Cuerpo, que se entrega por vosotros”. Jesús ofrece su cuerpo como sacrificio para alimento y vida del mundo.
La imagen de un pelícano que vemos en algunos sagrarios indica que dicho animal, en tiempo de escasez de alimentos, picotea su pecho para arrancarse carne y sangrar para alimentar a sus polluelos. Este sentido sacrificial de alimento es el que utiliza San Juan (6, 51): “El que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Jesús se sacrifica y se nos da como alimento; es la Eucaristía alimentando nuestras almas.
Es importante entender que el Antiguo Testamento se refiera a la sangre como siendo el alma de la carne. Así tenemos en Levítico 17, 11: “Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras vidas, pues la expiación por la vida se hace con la sangre”.
Al instituir la Eucaristía, Jesús utiliza los conceptos del Antiguo Testamento, pero los supera. Si los antiguos creían que la sangre era como el alma de la carne, uno entiende que al recibir la carne y la sangre, al recibir la Eucaristía está recibiendo la vida de Jesucristo porque la sangre es como el alma o la vida entera de esa persona, la del Muerto sacrificado libremente, en obediencia al Padre, y Resucitado gloriosamente.
Como sabemos, hay un tipo de gente, que entiende de un modo literal el precepto del Levítico, negándose, por tanto, a las trasfusiones de sangre, malinterpretando el texto. Nosotros sabemos que el Antiguo Testamento la Antigua Alianza alcanza su sentido en Jesucristo. Hay una Comunión efectiva entre Cristo y quienes comulgan su Cuerpo y su Sangre, sin nada de antropofagia y sin que se puedan concebir asuntos físicamente extraños o raros.
Sabemos que el sacramento de la Eucaristía consiste en la transubstanciación del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre, renovando como memorial el sacrificio de Jesucristo en la cruz. Sabemos que el sacramento de la Eucaristía fue instituido por Jesús, como anticipo y memorial de su pasión, en su última Cena Pascual, cuando también instituyó sacerdotes de la nueva Alianza a sus apóstoles.
Y no podemos olvidar el aspecto pascual del memorial, el “haced esto en memoria mía” que evoca la prescripción que ya existía de comer el cordero pascual en recuerdo de la liberación de Egipto (Ex 12, 14): “Éste será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor de Yahvé de generación en generación, decretaréis que sea fiesta para siempre”. Igual que a Israel se le había mandado guardar con esmero el recuerdo de la liberación de Egipto, cuando aquel cordero había sido sacrificado y cuya sangre se había untado en el dintel de las puertas, siendo una sangre liberadora, pues ahora a la Iglesia, nuevo Israel para todos los pueblos, se le manda guardar memoria y hacer presente el sacrificio de un Cordero único cuya sangre derramada nos libera del pecado.
Hay que entender también, por tanto, que Jesús se presenta como la nueva Alianza. En el monte Sinaí hizo Yahvé, por Moisés, una Alianza con su pueblo, comprometiéndose éste al cumplimiento y vivencia de los mandamientos. Fue una Alianza sellada como tal, según leemos en Éxodo 24, 6-8, ritualmente con sangre animal: “Moisés tomó la mitad de la sangre y la puso en unos recipientes, derramando la otra mitad sobre el altar. Luego tomó el documento de la Alianza y lo leyó delante del pueblo, el cual exclamó: ‘Estamos resueltos a obedecer y a poner en práctica todo lo que Yahvé ha dicho’. Entonces Moisés tomó la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: ‘Esta es la sangre de la Alianza que ahora el Señor hace con vosotros según establecen estas cláusulas”. Moisés ofreció la sangre a Dios poniéndola en unas vasijas y la otra parte la entendieron como que era Dios la que se la ofrecía a ellos y la derramaron sobre ellos. Eso mismo hace Jesús, viniendo a ser, por una parte, la sangre de Dios que se derrama sobre nosotros y nos purifica, y por otra parte queda representada la sangre de los hombres que se ofrece a Dios en sacrificio como expiación. Por eso Jesús personifica la nueva Alianza, porque Jesús es el mediador, uniéndose en él Dios y el hombre, permitiéndose que se lleve a cabo el don de ofrecimiento de Dios a los hombres y del hombre a Dios, concurriendo las dos cosas en Jesús. En el Antiguo Testamento el sacrificio tiene una sola dirección ascendente, consistiendo en una ofrenda hecha del hombre a Dios, intentando el hombre hacerse propicio a Dios y alcanzar su favor; ahora, sin embargo, por Cristo, el sacrificio se vuelve también en una dirección descendente, de Dios a los hombres. El sacrificio es descendente por la Encarnación de Jesús, el Verbo, y es ascendente o del hombre a Dios por la muerte de Jesús en la cruz, porque en la Pasión de Cristo, asumiendo él todos los sufrimientos de la humanidad, son esos sufrimientos los que se ofrecen por él al Padre.
Para entender las palabras “éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros, ésta es mi sangre que se derrama por vosotros”, habría que hacer una precisión: La carne y la sangre hacen referencia a los sacrificios del Antiguo Testamento, donde al sacrificar al animal, se recogía la sangre del animal en vasijas y se rociaba el altar o se rociaba al pueblo, y la carne resultaba comida o quemada. El pueblo de Israel una y otra vez estaba ofreciendo la carne y la sangre de los animales irracionales, y la propia repetición estaba dejando claro que no eran efectivos. Cristo remarca la palabra carne y sangre para expresar a los que le escuchaban que él se constituía en el verdadero sacrificio ofrecido a Dios y que los sacrificios del Antiguo Testamento habían sido ineficaces. Cristo quería dar a entender que estaba entroncando con todo el deseo del Antiguo Testamento, deseo de purificación a través de un sacrificio, deseo que había sido ineficaz porque la sangre y la carne de aquellos animales no era purificatoria; porque era un don ascendente del hombre a Dios, no era un don descendente de Dios a nosotros; y hasta que Dios mismo no nos dio a su Hijo rociándonos con su sangre, ese sacrificio ascendente no tenía más significado que el de ser la expresión de una buena voluntad por parte del hombre buscando ser purificado.
Una de las pruebas más evidentes de que Cristo entrega su vida voluntariamente es que ya la entregó en la víspera de su Pasión, cuando su última Cena Pascual. Anticipó sacramentalmente su entrega total a la condena que formularan luego el Sanedrín judío y Poncio Pilatos. La entrega fue anticipo y memorial.    

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