ENCUENTRO PARROQUIAL

(11 de febrero de 2017)

LA MUERTE DE JESÚS (I)

(Cf. Catecismo, 612 ss.)

Del misterio de la muerte de Jesús escribe así Carlo M. Martini (1986): El Evangelio eclesial de San Mateo, Bogotá, Paulinas, 197 ss.:

He aquí la muerte de Dios por amor del hombre que lo rechaza. Dios va hasta el fondo con su ofrecimiento, y al ver rechazada su oferta, este ir hasta el fondo supone la muerte. Aquí cesa cualquier palabra, porque ¿qué sabemos nosotros de la muerte de Dios en Jesús? ¡Nada! Como tampoco sabemos nada de ninguna muerte.
La muerte es el momento de la incomunicabilidad absoluta y, a medida que la persona se acerca a la muerte, nosotros sabemos siempre menos de lo que está sucediendo. Imaginamos, suponemos, pero cada vez más entendemos menos, y se entra en la absoluta incomunicabilidad, en la absoluta incapacidad de dar o de recibir.
Toda muerte tiene este signo de misterio absoluto, del que nacen luego los usos, las costumbres de los hombres, nuestro modo de reaccionar ante la muerte de los otros o ante la muerte que nos toca. ¿No nos ha sucedido acaso a cada uno de nosotros, cuando sentimos alguna muerte grave, que nos toca de cerca, ver cómo los otros, prácticamente, tienen casi miedo de nosotros, pasan cerca y dicen una palabra de condolencia siempre la misma y luego se van, pronto, aprisa, porque no saben qué más hacer?
Ninguno de nosotros sabe cómo comportarse en estas circunstancias; solamente una grande amistad, una grande confianza puede permitir que entremos un poco más en estas cosas, pero generalmente se tiene miedo, se dicen palabras de conveniencia que hay que decir, que se cree conviene decir en ese momento, pero luego todos se sienten un poco impactados, incómodos por esta experiencia incomunicable. Se deja que pase
un poco de tiempo, que la cosa se olvide, porque no se puede vivir con este misterio de incomunicabilidad.
Ahora bien, si no se puede comprender la muerte del hombre, ¿cómo podremos comprender la muerte de Jesús y el misterio que ella encierra? Esta muerte, que, como expresa el teólogo Urs Von Balthasar, tiene de por sí carácter de algo definitivo, no
es un experimento que Jesús hace de entrar en la muerte para luego volver a salir, como uno que se echa por debajo del agua y luego sale. Es un dejarse caer en el mar de la muerte y, por tanto, es un terminar como tal, [un se acabó]; sólo el poder de Dios puede hacer lo que es absurdo para el hombre, es decir, hacer salir de este mar.
Pero cuando Jesús muere, muere como cualquier otra persona, para siempre, definitivamente, se deja tragar por este mar de los Infiernos. No decimos acaso en el Credo: ¿bajó o descendió a los Infiernos? No sabemos bien qué quiera decir exactamente, pero detrás está esta experiencia absoluta, irrepetible, incomunicable, como experiencia de la no experiencia, del fin, que no podemos comparar con nada, sino por analogía.
Cuando abandonamos un lugar que nos es querido y sentimos que no vamos a volver, palpamos la separación: en efecto, se dice que “partir es un morir”, precisamente porque sentimos que hay una cesación. Pero inmediatamente nos consolamos con otras
cosas que son presentes y, por tanto, se trata siempre de una analogía lejana. Ninguno de nosotros puede decir qué es la experiencia como cesación de toda experiencia.

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