ENCUENTRO PARROQUIAL

(14 de febrero de 2017)

LA MUERTE DE JESÚS (II)

(Cf. Catecismo, 612 ss.)

Consideremos a Jesús frente a su propia muerte, teniendo en cuenta que los Evangelios no son una biografía de Jesús, pero permiten una reconstrucción de su experiencia frente a la muerte. La muerte de Jesús fue un acontecimiento único e incomparable; irrepetible, pero auténticamente humano. ¿Cómo vivió Jesús su propia muerte?
Ante la muerte, vislumbrada ya como inminente, Jesús se siente aterrorizado y asustado; exclama: “Me muero de tristeza” (Mc 14, 33-34). Esta expresión es una cita del Salmo 42, 6; con ella Jesús “asume la experiencia de los angustiados del Antiguo Testamento, que a su vez prestaban su voz a los diversos aspectos de la angustia humana” (P. Grelot). Jesús no tiene ni el aliento ni el apoyo de los amigos; no tiene el consuelo de la fidelidad de los discípulos, puesto que “todos lo abandonaron y huyeron” (Mc 14, 50). También en la cruz Jesucristo manifiesta su angustia: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Sin embargo, él se abandona con amor filial a la voluntad misericordiosa del Padre: “¡Abba, Padre!, todo te es posible; aparta de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14, 35; cf. Lc 22, 42; Mt 26, 39).
San Lucas desarrolla sobre todo la entrega de Jesús al Padre y parece atenuar la angustia de Jesús, que en la cruz grita con voz fuerte: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. El abandono confiado en las manos del Padre tiene los rasgos característicos de la fe bíblica, y Jesús muere como el justo creyente: “El oficial, al ver lo que había ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: ‘Verdaderamente, este hombre era justo’” (Lc 23, 47). Jesús entra en las tinieblas de la muerte no con la luz de una revelación particular, sino con la fe y el abandono filial al Padre. También para él la muerte es una noche oscura, pero no sin esperanza.
La carta a los Hebreos es el único escrito del Nuevo Testamento, fuera de los Evangelios, que ha meditado sobre la angustia de Jesús frente a la muerte (cf. Heb 5, 7-9). Jesús se hizo totalmente solidario con la condición humana; sufriendo, aprendió la obediencia, haciéndose autor y consumador de la fe (Heb 12, 2).
Los Evangelios refieren también tres anuncios anticipados con los que Jesús predijo su muerte (Mc 8, 31-32; 9, 31; 10,32-34 y par), además de una alusión (Mc 9, 9-10, 7) y de la parábola de los viñadores homicidas (Mc 12, 1-12). Estos textos fueron redactados después de la resurrección de Jesús; sin embargo, parece innegable que Jesús previó cada vez con mayor claridad, sobre todo después del fracaso de su misión en Galilea, su destino de muerte violenta.
Pero la oscuridad del futuro y de su propia muerte forma parte de la experiencia humana de Jesús, el cual sabe, incluso antes de morir, que no se verá olvidado del Padre, ni siquiera en la hora del abandono. Ciertamente Jesús no previó su muerte, contemplándola previamente como en un filme.muerte-jesus
¿Cómo entendió Jesús su muerte? Jesús previó su muerte violenta por las reacciones que desencadenaba su persona, y la aceptó con el abandono confiado y obediente al Padre, sin que esto le impidiera probar la angustia y el sufrimiento, la oscuridad y la desolación. Ciertamente, Jesús comprendió su muerte tomando como base la misión que él sabía que tenía y el sentido que había dado a su existencia. Pues bien, Jesús había vivido para anunciar el Reino de Dios, para dar su propia vida por amor a los demás en obediencia al Padre. Él resume así su existencia: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). Su vida fue y se comprendió como pro-existencia, como entrega de amor. Aunque probablemente Jesús no utilizó un lenguaje sacrificial, el don consciente de sí mismo por los demás, en la obediencia al Padre, llevaba consigo cierta conciencia del significado salvífico de su propia existencia.
Al ver perfilarse ante él su destino de muerte violenta, Jesús lo reconoció como voluntad del Padre y entendió también su propia muerte, lo mismo que su vida, como total entrega de sí por la vida de los demás, y al mismo tiempo como cumplimiento real de su misión de representante absoluto del Padre.
Esta comprensión de su muerte puede reflejarse en las palabras de Mc 10, 45: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos” (cf. Mt 20, 28; Lc 22, 24-27). El don de sí, que es la sustancia de la vida de Jesús y que lo conducirá a la muerte, es la realización del servicio que Jesús rinde a los hombres. La alusión al Siervo de Yahvé parece clara (cf. Is 53, 12), aunque esta re-ferencia al texto profético podría ser fruto de una explicitación de la tradición evangélica, a fin de evidenciar el significado salvífico de la muerte de Jesús.
Otra serie decisiva de textos son las palabras de Jesús en la última Cena sobre el don de sí, de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada por todos (cf. Mc 14, 22-24 y par; cf. 1 Cor 11, 24-25). Y el don de sí mismo se relaciona aquí con la conclusión de la nueva alianza, es decir, deja entrever la intención de vivir su propia muerte en la perspectiva de establecer una solidaridad absoluta con sus discípulos.
Como se deduce del tema de la “hora” (según San Juan), la existencia y la misión de Jesús se desarrolló no en la perspectiva de una duración ilimitada, sino como “camino” hacia un momento final y culminante. Poco a poco Jesús comprendió que el momento final –su “hora”– era el de la muerte violenta. Y en ella comprendió que se realizaba el plan del Padre para la salvación del mundo.cristo-murio
Apartado especial podemos considerar también en torno a la muerte de Jesús según San Pablo. Resumimos, sin ser exhaustivos, que la muerte de Jesús, para este apóstol, se mostraba como escándalo para los judíos (1 Cor 1, 23). Pablo sintió el horror típicamente judío ante el “maldito que está colgado de un madero” (Gál 3,13). Su celo judío contra los cristianos, como vemos en el libro de los Hechos, era expresión de este horror. Pero después del encuentro y su experiencia con Cristo resucitado, en el camino de Damasco, Pablo hace de la cruz el centro de su predicación: “Nosotros anunciamos a Cristo crucificado” (l Cor 1, 23; 2, 2; 2 Cor 3, 4; Gál 3, 1; 6, 14; Fil 2, 1). Pablo llegó a ver en la muerte de Jesús incluso el acontecimiento salvífico definitivo.

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