ENCUENTRO PARROQUIAL

(18 de febrero de 2017)

LA MUERTE DE JESÚS Y NUESTRO MORIR CON CRISTO

(Cf. Catecismo, 612 ss.)

El morir con Cristo y como Cristo ha quedado abierto a la resurrección (1 Cor 15). Por eso grita Pablo estas exclamaciones: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde, muerte, tu aguijón venenoso?” (1 Cor 15, 55).
La tradición bíblica que Pablo sabía por asimilación y herencia le presentaba la muerte así: como una conclusión natural de la existencia o también como un castigo del pecado. Pablo comprendió, por la muerte y resurrección de Jesús, que todos los hombres son pecadores (Rom 3, 9) y que todos “fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo” (Rom 5, 10). Por causa del pecado, la muerte hizo su entrada en el mundo (Rom 5, 12): si todos morimos, esto significa que también todos pecamos. La muerte, como fenómeno universal, es el signo de una situación universal de pecado.
¿A qué se refiere San Pablo al hablar de “muerte”? Al hablar de “muerte”, Pablo entiende evidentemente algo más que un simple fenómeno biológico de descomposición: la muerte es también separación de Dios; es dolor, violencia radical, sufrimiento, incomunicabilidad. Por tanto, Pablo ve también la muerte en el contexto de la humanidad sometida al dominio del pecado. Esto no significa que sea, de suyo, la consecuencia o el castigo de los pecados personales.
El morir con Cristo y como Cristo arranca de la ambigüedad peligrosa de la muerte relacionada con el pecado: “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6, 8). Como él ha resucitado, también nosotros resucitaremos (1 Cor 15). Nuestra vida y nuestra muerte tienen un referente: Jesús.
Sin embargo, la finalidad sigue siendo el deseo de vivir y la búsqueda de la superación de la muerte. Se inserta aquí la vida sacramental del cristiano.
El morir cristiano comienza ya con el bautismo; con la “muerte” al pecado (Rom 6, 11), al hombre viejo (Rom 6, 6), a la carne o el egoísmo (1 Pe 3, 18), al cuerpo del pecado o al ser pecador (Rom 6, 6; 8, 10), a la ley o pretensión de autosalvación (Gál 2, 19), a todos los elementos del mundo o las diversas ideologías (Col 2, 20). Y, al final, un morir a la muerte para pasar de la muerte a la vida (Jn 5, 24). La vida con Cristo, inaugurada con el bautismo, nos libera del pecado y de las fuerzas de muerte que nos aprisionan, de todos los poderes que limitan y oscurecen nuestra libertad; nos hace vivir de modo verdaderamente humano. El Espíritu de Cristo nos libera del pecado precisamente porque nos hace vivir como Cristo para hacernos resurgir como Cristo.
Lo mismo que vivió para el Señor, así también el cristiano “muere para el Señor” (Rom 14, 7-8; Fi1 1, 20). Y su muerte abre hacia una dicha sin fin: “Dichosos desde ahora los muertos que mueren en el Señor” (Ap 14, 13). En el morir con Jesús tiene lugar nuestro encuentro definitivo con Dios. Nacerá entonces para nosotros “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21, 1) y “no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni pena” (Ap 21, 4). ¡Para nosotros habrá acabado el “mundo”! Con Jesús viviremos para siempre en Dios, junto con nuestro mundo transfigurado.

EPÍLOGO Y CONCLUSIÓN DE ESTA PARTE DE NUESTROS ENCUENTROS

Vamos por el artículo del Credo por el que confesamos creer en Jesucristo que padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado. En lo de “sepultado” nos falta aún adentrarnos. Lo iremos considerando, si Dios quiere, en sucesivos encuentros.
Nos está resultando en estos encuentros que no sólo nos hemos adentrado en la muerte de Jesús sino también en nuestra muerte, en la muerte del hombre, no sólo refiriéndonos a la muerte del cuerpo; hemos de tener en cuenta que la antropología bíblica no separa el alma del cuerpo: el hombre es alma y el hombre es cuerpo. Y lo cierto es que la resurrección afecta al hombre entero. ¿Pero muere todo el hombre en la muerte? Hay que tener presente que, para la Biblia, el “alma” y el “cuerpo” no son dos partes o dos elementos separados que se juntan para construir al hombre; sino dos dimensiones del ser humano: el hombre es “alma” en cuanto que es libertad y capacidad de relación con Dios; es “cuerpo” en cuanto que es solidario de los demás y del mundo. En el pensamiento bíblico no existe un esquema dualista de alma y cuerpo. Por eso es preciso tener mucha prudencia al presentar la muerte como separación de alma y cuerpo; ese lenguaje, por lo demás bastante tradicional en la Iglesia, puede convertirse en un instrumento verbal indispensable para anunciar, en la predicación, la fe cristiana en la supervivencia del yo después de la muerte. Precisamente en cuanto “alma”, apertura a Dios Creador y Salvador, el hombre es inmortal, capaz de acoger el don de la vida divina. Pero esto no debe llevar a la conclusión de que la muerte sea un fenómeno puramente biológico que se refiera sólo al cuerpo, sin tocar para nada al alma. Todo el hombre, en las dimensiones del alma y del cuerpo, está manchado por el pecado; todo el hombre, alma y cuerpo, ha sido redimido por la muerte de Jesucristo.
La Biblia (Sagrada Escritura y Palabra de Dios) no quiere asustar con el pensamiento de la muerte ni inspirar un miedo saludable con sus relatos: tampoco quiere banalizar la muerte, despojándola de su terrible seriedad. Siguiendo la Palabra de Dios, se aprende sobre todo a no manipular la muerte, a mirarla y considerarla por lo que es. Sería un grave error comprender la fe bíblica como un ars moriendi, como un ejercicio sobre el modo de morir. El creyente no es un artista del morir: el ars moriendi es un juego fútil para afirmarse a sí mismo incluso en la muerte. El creyente acepta la vida de las manos de Dios, como don de su amor, y acepta el deber y poder morir con la misma confiada esperanza en Aquél que le concedió poder vivir. Y la medida de la fe no depende del miedo o no miedo de la muerte, porque en este caso el miedo no es vileza, sino horror de lo que es extraño a Dios mismo por ser negación de toda relación. Por eso toda la vida del creyente es un no a la muerte, una aceptación de la vida, a fin de vencer, con Cristo, incluso la muerte.

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