ENCUENTRO PARROQUIAL

Martes 7 de marzo de 2017).
Del Catecismo 641-642-643

SOBRE CRISTO RESUCITADO:
AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

Los apóstoles anunciaron públicamente el descubrimiento de la tumba vacía y los encuentros con el Resucitado a poca distancia de la muerte de Jesús, cuando los testigos aún vivos en Jerusalén habrían podido desmentirles.
Una ulterior prueba de que las fuentes escritas que nos han llegado son fiables es que ningún evangelista, ni otra tradición neotestamentaria, narran el modo en que sucedió la resurrección. La única que lo hace es el Evangelio de Pedro, el escrito apócrifo –por tanto, no incluido por la Iglesia entre sus textos oficiales– en el cual se encuentra el relato más antiguo, conocido por nosotros, sobre este argumento que fue redactado presumiblemente en Siria, hacia la mitad del siglo II. Los primeros seguidores de Jesús eran mayormente pescadores, encarnaban bien la mentalidad semítica de entonces, no eran visionarios, necesitaban pruebas tangibles y no promesas vanas y etéreas. Y las manifestaciones de Jesús resucitado recalcan su carácter de experiencias concretas, de encuentros reales.
Dos son los verbos griegos usados por el Nuevo Testamento para definir el acontecimiento pascual: el primero es é, literalmente “despertar” del sueño de la muerte por obra de Dios Padre; mientras que el otro verbo es ì, que indica el “ponerse en pie”, casi un levantarse del sepulcro y de la tierra hacia el cielo. En estos dos verbos hay una doble descripción de la Pascua, que no es meramente reducible a la reanimación de un cadáver, como el de Lázaro o el del hijo de la viuda de Naín, o el de la hija del jefe de la sinagoga de Cafarnaúm, destinados todos a morir de nuevo. Con la resurrección se quiere subrayar que Cristo sale del reino de la muerte y vuelve a la vida: no es casualidad que en las apariciones se insista en la verificabilidad de la realidad personal del Resucitado que se deja tocar, habla, se encuentra con sus discípulos y come.
Según el testimonio de los Hechos de los Apóstoles, confirmado por las Cartas de San Pablo a los Romanos, Corintios y Gálatas, la Iglesia primitiva ha predicado además la resurrección de Jesús desde sus inicios, ya con ocasión del primer Pentecostés, es decir, apenas dos meses después de la muerte de Jesús (Hech 2, 24-36). Esto prueba, por el poco tiempo a disposición, el hecho de que las apariciones de Jesús no podían ser elaboraciones legendarias del mensaje de la resurrección fruto de la fe. Por otro lado, ¿Cómo habrían podido los apóstoles predicar la resurrección de Jesús de entre los muertos si los habitantes de Jerusalén podían en cualquier momento mostrar la presencia del cadáver de su maestro?
El documento más antiguo sobre Jesús resucitado se encuentra en el capítulo 15 de la primera Carta a los Corintios, escrita por San Pablo a mitad de los años 50, por tanto menos de veinte años después de la muerte de Jesús. “Pedro” es citado por su nombre arameo “Kefa”, que significa “Pedro” pero también “piedra”, signo típico del Antiguo Testamento para indicar la estabilidad, don divino. El biblista y teólogo italiano Rinaldo Fabris (1936-2015) explica a Aleteia [sitio web] que esto “indica que Pablo se remitía a una tradición antigua procedente de Antioquía”. Según la tradición, quienes vieron a Jesús resucitado fueron Simón Pedro (1 Cor 15, 5; Lc 24, 34), Santiago, el “hermano del Señor” (1 Cor 15, 7) y María Magdalena (Mt 28, 9-10; Jn 20, 14-18); dos discípulos mientras se dirigían a Emaús (Lc 24, 15-31), los once apóstoles (1 Cor 15, 5; Mt 28, 16-20; Lc 24, 36-51; Jn 20, 19-29; 21, 1-23; Hech 1, 3-11); un número considerable de apóstoles (1 Cor 15, 7) y en una ocasión más de quinientos discípulos, “la mayor parte de los cuales vive aún, mientras que otros han muerto”. Este último detalle es importante, pues San Pablo parece llamar en causa a los testigos de la resurrección entonces vivos que habrían podido fácilmente confirmar o desmentir sus palabras.
Jesús resucitado no hizo apariciones al gran público en general, a Poncio Pilato, a Caifás o a la gente que había pedido su ejecución. Como Lucas y Pedro admiten abiertamente, Jesús se apareció “no a todo el pueblo, sino a los testigos predestinados por Dios, a nosotros” (Hech 10, 39-40). Por tanto los testimonios a favor de la resurrección de Jesús en el Nuevo Testamento provienen todos de miembros del movimiento cristiano, no de observadores neutrales o adversarios. Un frágil punto de apoyo para los críticos de la autenticidad de las apariciones, pues también algunos no creyentes como Santiago, pariente de Jesús, Tomás o Pablo encontraron a Jesús resucitado.
Las apariciones suceden en circunstancias normales, no en momentos de éxtasis o trances, ni en sueños, y sin esas características de gloria apocalíptica [o teofanías] que encontramos en otros lugares (Mc 9, 2-8; Mt 28, 3). Para Fabris: “Las apariciones son inesperadas, no son buscadas. No son fruto de la elaboración del luto, o de una visión, sino una verdadera intervención desde el exterior. Además, se diferencian de las apariciones de Dios en el Antiguo Testamento; del Dios inefable, indecible, invisible de Abraham, Isaías o Jeremías”. Y tampoco podían ser alucinaciones colectivas, pues de lo contrario sería imposible explicar lo que le sucedió a Pablo en el camino de Damasco, algunos años después de la aparición a Pedro, que muy probablemente sucedió en Galilea.

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