Encuentro Parroquial

ENCUENTRO PARROQUIAL

Martes 7 de marzo de 2017).
Del Catecismo 641-642-643

SOBRE CRISTO RESUCITADO:
AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

Los apóstoles anunciaron públicamente el descubrimiento de la tumba vacía y los encuentros con el Resucitado a poca distancia de la muerte de Jesús, cuando los testigos aún vivos en Jerusalén habrían podido desmentirles.
Una ulterior prueba de que las fuentes escritas que nos han llegado son fiables es que ningún evangelista, ni otra tradición neotestamentaria, narran el modo en que sucedió la resurrección. La única que lo hace es el Evangelio de Pedro, el escrito apócrifo –por tanto, no incluido por la Iglesia entre sus textos oficiales– en el cual se encuentra el relato más antiguo, conocido por nosotros, sobre este argumento que fue redactado presumiblemente en Siria, hacia la mitad del siglo II. Los primeros seguidores de Jesús eran mayormente pescadores, encarnaban bien la mentalidad semítica de entonces, no eran visionarios, necesitaban pruebas tangibles y no promesas vanas y etéreas. Y las manifestaciones de Jesús resucitado recalcan su carácter de experiencias concretas, de encuentros reales.
Dos son los verbos griegos usados por el Nuevo Testamento para definir el acontecimiento pascual: el primero es é, literalmente “despertar” del sueño de la muerte por obra de Dios Padre; mientras que el otro verbo es ì, que indica el “ponerse en pie”, casi un levantarse del sepulcro y de la tierra hacia el cielo. En estos dos verbos hay una doble descripción de la Pascua, que no es meramente reducible a la reanimación de un cadáver, como el de Lázaro o el del hijo de la viuda de Naín, o el de la hija del jefe de la sinagoga de Cafarnaúm, destinados todos a morir de nuevo. Con la resurrección se quiere subrayar que Cristo sale del reino de la muerte y vuelve a la vida: no es casualidad que en las apariciones se insista en la verificabilidad de la realidad personal del Resucitado que se deja tocar, habla, se encuentra con sus discípulos y come.
Según el testimonio de los Hechos de los Apóstoles, confirmado por las Cartas de San Pablo a los Romanos, Corintios y Gálatas, la Iglesia primitiva ha predicado además la resurrección de Jesús desde sus inicios, ya con ocasión del primer Pentecostés, es decir, apenas dos meses después de la muerte de Jesús (Hech 2, 24-36). Esto prueba, por el poco tiempo a disposición, el hecho de que las apariciones de Jesús no podían ser elaboraciones legendarias del mensaje de la resurrección fruto de la fe. Por otro lado, ¿Cómo habrían podido los apóstoles predicar la resurrección de Jesús de entre los muertos si los habitantes de Jerusalén podían en cualquier momento mostrar la presencia del cadáver de su maestro?
El documento más antiguo sobre Jesús resucitado se encuentra en el capítulo 15 de la primera Carta a los Corintios, escrita por San Pablo a mitad de los años 50, por tanto menos de veinte años después de la muerte de Jesús. “Pedro” es citado por su nombre arameo “Kefa”, que significa “Pedro” pero también “piedra”, signo típico del Antiguo Testamento para indicar la estabilidad, don divino. El biblista y teólogo italiano Rinaldo Fabris (1936-2015) explica a Aleteia [sitio web] que esto “indica que Pablo se remitía a una tradición antigua procedente de Antioquía”. Según la tradición, quienes vieron a Jesús resucitado fueron Simón Pedro (1 Cor 15, 5; Lc 24, 34), Santiago, el “hermano del Señor” (1 Cor 15, 7) y María Magdalena (Mt 28, 9-10; Jn 20, 14-18); dos discípulos mientras se dirigían a Emaús (Lc 24, 15-31), los once apóstoles (1 Cor 15, 5; Mt 28, 16-20; Lc 24, 36-51; Jn 20, 19-29; 21, 1-23; Hech 1, 3-11); un número considerable de apóstoles (1 Cor 15, 7) y en una ocasión más de quinientos discípulos, “la mayor parte de los cuales vive aún, mientras que otros han muerto”. Este último detalle es importante, pues San Pablo parece llamar en causa a los testigos de la resurrección entonces vivos que habrían podido fácilmente confirmar o desmentir sus palabras.
Jesús resucitado no hizo apariciones al gran público en general, a Poncio Pilato, a Caifás o a la gente que había pedido su ejecución. Como Lucas y Pedro admiten abiertamente, Jesús se apareció “no a todo el pueblo, sino a los testigos predestinados por Dios, a nosotros” (Hech 10, 39-40). Por tanto los testimonios a favor de la resurrección de Jesús en el Nuevo Testamento provienen todos de miembros del movimiento cristiano, no de observadores neutrales o adversarios. Un frágil punto de apoyo para los críticos de la autenticidad de las apariciones, pues también algunos no creyentes como Santiago, pariente de Jesús, Tomás o Pablo encontraron a Jesús resucitado.
Las apariciones suceden en circunstancias normales, no en momentos de éxtasis o trances, ni en sueños, y sin esas características de gloria apocalíptica [o teofanías] que encontramos en otros lugares (Mc 9, 2-8; Mt 28, 3). Para Fabris: “Las apariciones son inesperadas, no son buscadas. No son fruto de la elaboración del luto, o de una visión, sino una verdadera intervención desde el exterior. Además, se diferencian de las apariciones de Dios en el Antiguo Testamento; del Dios inefable, indecible, invisible de Abraham, Isaías o Jeremías”. Y tampoco podían ser alucinaciones colectivas, pues de lo contrario sería imposible explicar lo que le sucedió a Pablo en el camino de Damasco, algunos años después de la aparición a Pedro, que muy probablemente sucedió en Galilea.

Nuevos horarios de Misa

Durante los días 7, 8,9,10 y 11 la Misa será en el convento , a las 20:30 horas. durante los cultos del Señor de la Misericordia.
Mañana martes a las 20:00 horas , en la parroquia tendremos el encuentro parroquial.
A las 22:00 horas tendrá lugar la salida en via-crucis de Ntrº. Sr.º. Cautivo, por los alrededores de la parroquia.
Durante los días 8, 9, 10 y 11, a las 21:00 horas dará comienzo el triduo en honor a Ntrª Srª de la Amargura y Ntrº Srº. Cautivo.

Este Domingo estrenamos nuevo Misal

Una presentación sintética puede servirnos de ayuda para captar qué es el Misal romano, qué significa una nueva edición y cuál son sus principales cambios. Conocerlo será mejor nuestra vivencia y participación en la santa Eucaristía… porque lo vamos a estrenar este I Domingo de Cuaresma y es obligatorio para todas las iglesias, parroquias, monasterios, conventos…img_20170305_2158521
¿Qué es el Misal?
– El Misal es el libro que contiene los textos y oraciones para celebrar la Santa Misa, el libro del altar. En sus primeras páginas ofrece toda la normativa y explicaciones de cómo se ha de celebrar paso a paso
¿Por qué una nueva edición? 
-La 3ª edición del Misal Romano en latín es de 18 de marzo de 2002, con algunas correcciones en 2008. Una vez publicado el Misal en latín, hay que traducirlo a todas las lenguas y que la Santa Sede apruebe esta traducción.
-En la edición castellana destaca sobre todo la traducción que es muy fiel al latín, sin reinterpretar nada, como ya se hizo con los nuevos Leccionarios. Y es que una Instrucción de 2001, “Liturgiam authenticam”, de la Cong. para el Culto divino, pedía que se revisaran todos los Misales y leccionarios en todas las lenguas y se buscase una traducción que no interpretase, sino que fuese lo más literal posible al original en latín.
“Algunas novedades” del nuevo Misal
– Santos que han subido de categoría litúrgica (de memoria libre a obligatoria, de memoria obligatoria a fiesta, etc.)
– Se han añadido nuevas Misas: (por ejemplo, vigilia de Epifanía y Ascensión).
– Se ha enriquecido el Misal con nuevos elementos:
Nuevos textos de la “Oración sobre el pueblo” en Cuaresma, asignándolos para cada día.
Un prefacio nuevo de Mártires.
Nuevas oraciones colectas alternativas.
Posibilidad de utilizar en la profesión de fe el Símbolo Apostólico en lugar del Credo “largo” (niceno-constantinopolitano), que ya se hacía en la anterior edición española del Misal (pero no en forma de preguntas y respuestas, reservado a la Vigilia pascual y a las Misas en que se celebre el Bautismo).
Enriquecimiento de los formularios de las misas de la Virgen María.
Añadido de las melodías de las plegarias eucarísticas y de los prefacios para fomentar su uso y cuidar el canto litúrgico: así se pueden cantar los saludos, las respuestas y aclamaciones, las oraciones y prefacios, etc.
onsagración del cáliz: “será derramada por vosotros y por muchos”
* La fórmula de la consagración del cáliz varía buscando, precisamente, la mayor fidelidad al texto original. En lugar de “que será derramada por vosotros y por todos los hombres”, se dirá obligatoriamente: “por vosotros y por muchos”.
* “Pro multis”, “por muchos”: ¿Qué entraña, qué significa? “Por muchos” fueron las palabras mismas del Señor al instituir la Eucaristía (Mt 26,28; Mc 14,24); “por muchos” es una traducción más fiel que “por todos”; ésta es una traducción menos exacta porque interpreta el contenido al traducirlo, es una explicación que más bien “pertenece propiamente a la catequesis” (Carta Cong. Culto divino).
* También la Carta de la Congregación da una explicación del sentido teológico:
“La expresión “por muchos”, mientras que se mantiene abierta a la inclusión de cada persona humana, refleja el hecho de que esta salvación no ocurre en una forma mecánica sin la participación o voluntad propia de cada persona; más bien, se invita al creyente a aceptar en la fe el don que se ofrece y a recibir la vida sobrenatural que se da a aquellos que participan en este misterio y a vivir así su vida para que sean contados entre los “por muchos”, a quienes se refiere el texto”.
* La voluntad de Dios en Cristo es la redención de todos los hombres, pero no todos la aceptarán ni la querrán, sino “muchos”. No todos quieren beneficiarse de la redención, sino “muchos”. La salvación no es automática: “¡esforzaos en entrar por la puerta estrecha…!”

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Sábado 4 de marzo de 2017

SOBRE CRISTO RESUCITADO:
AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

(Catecismo, 638-658)

Sobre la historicidad de la resurrección de Jesucristo: ¿Fue esta resurrección un hecho histórico? El anuncio de esta resurrección es central como anuncio evangélico, pero ¿fue un hecho histórico o pudo ser un mito, o un invento de los apóstoles, una impresión subjetiva…?
Se distribuyen por días los siguientes números (añadidos al comentario o lectura de los propios del Catecismo).

A favor de la historicidad de los relatos del sepulcro vacío está seguramente el papel central de las mujeres –en particular de María Magdalena–, que por el derecho hebreo de aquel tiempo no tenían ningún valor como testigos.
El judaísmo de la época de Jesús estaba embebido o imbuido de “machismo”. Y de hecho el retrato de la mujer que surge de la Biblia no es muy reconfortante. En el libro de los Proverbios, por ejemplo, se pone de relieve su naturaleza loca, pendenciera, lunática y melancólica. Pero sobre todo, en sus Antigüedades Judías, el historiador Flavio Josefo, judío, escribe que “los testimonios de mujeres no valen y no son escuchados entre nosotros, a causa de la ligereza y de lo traicionero de este sexo”.
Por tanto, no es históricamente plausible que los evangelistas, intentando inventar una leyenda creíble, indicaran a las mujeres precisamente como testigos privilegiados del sepulcro vacío de Jesús y de sus primeras apariciones cuando, en la sociedad judía del siglo I no podían ser testigos.
Es verdad que en la lista de los primeros testigos de la resurrección recogida en la primera Carta de San Pablo a los Corintios se pone en primer lugar la aparición de Cristo a Pedro: “Se apareció a Pedro y luego a los Doce” (1 Cor 15, 5). Esta prioridad es confirmada por Lucas aunque con una formulación distinta: “Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (Lc 24, 34).
Y sin embargo, en el relato más detallado que tenemos sobre el descubrimiento de la tumba vacía que se encuentra en Juan –cuyo Evangelio fue redactado posteriormente, hacia el final del primer siglo I, aún presentando en sus estratos profundos recuerdos anteriores de los de los evangelios sinópticos– se lee que María Magdalena fue la primera a la que se apareció el Señor resucitado. Ella, a quien Jesús había librado de siete demonios y que se había convertido en su discípula, siguiéndole hasta la muerte en el Calvario, es la primera testigo en el alba primaveral de esa Pascua de abril de principios de los años 30.
Según otro Evangelio, el de Mateo, María Magdalena y “la otra María” encontraron a Jesús mientras volvían de haber descubierto el sepulcro vacío (Mt 28, 9-10). En estos dos Evangelios el mismo Señor resucitado (Jn 20, 17; Mt 28, 10) y un ángel (Mt 28, 7) dijeron a las dos mujeres (Mateo) o sólo a María Magdalena (Juan) que llevaran la noticia de la resurrección a los discípulos.

AVISO:EL MARTES 7 EL ENCUENTRO ES A LAS 20:00 HORAS , EN LA PARROQUIA

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SOLEMNE TRIDUO En honor del SANTÍSIMO CRISTO DEL AMOR

Durante los días 1, 2 y 3 de marzo a las 9 de la noche, ocupando la Sagrada Cátedra el Rvdo. Padre
D. José Antonio Martínez Jiménez
Párroco de la de Santa María la Blanca de Fuentes de Andalucía.
Sábado día 4, a las 21:15
SOLEMNE FUNCIÓN
(El vía crucis anual se suprime al haber presidido el Cristo del Amor el del Consejo de Hermandades)
El domingo día 5, desde las 5 de la tarde, la imagen del Señor quedará expuesta en
BESAPIÉ
hasta las 9 de la noche en que se rezará el Ejercicio de las Cinco Llagas y se dará a besar la reliquia del
SANTO LIGNUM CRUCIS
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Miércoles Ceniza

Los horarios para el  miércoles de ceniza son los siguientes:

El Convento: A las 17:00 horas , para los niños el despertar en la fé , (catequesis de comunión).
La Parroquia: A las 18:00 horas, para los niños de primera síntesis de la fé, (catequesis de comunión).
La Capilla del Rosario: A las 19:00 horas con misa.
La Parroquia: A las 20:00 horas con misa.
La Parroquia: A las 21:00 Horas en el triduo del Cristo del Amor.
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Via-crucis del consejo de hermandades y cofradias

El próximo día 28 de febrero tendrá lugar el vía crucis del Consejo de Hermandades de Cofradías de El Viso del Alcor, presidido por la imagen del Santísimo Cristo del Amor. El traslado a la plaza del Ayuntamiento, donde se realizará el rezo, será, tras Santa Misa a las 18:00 horas,en la parroquia Santa María del Alcor , presidida por su Párroco , D. Francisco Suarez.
por el siguiente recorrido:
Salida, Manuel Roldán “el Campanero”, plaza padre Nicasio, Santa María del Alcor, Rosario, Cervantes, Cruz, Maestro Seri, Rosario, Hondilla y plaza del Ayuntamiento.
Una vez en la plaza del Ayuntamiento tendrá lugar el rezo del vía crucis.
La vuelta se realizará por el recorrido que sigue: plaza del Ayuntamiento, Convento, plaza Sacristán Guerrero, Condes de Castellar, Albaicín, Amargura y entrada en el templo parroquial, aproximadamente a las 22:00 horas.
En los traslados acompañarán los cantos de la Capella Victoria, de Sevilla.
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(25 de febrero de 2017)

JESUCRISTO FUE SEPULTADO Y DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

(Catecismo de la Iglesia Católica, números 624-637)

Es central esto que confesamos de Jesucristo en el Credo, de mucho considerar y meditar, orando del modo más reverente, en el silencio y en la hondura del Sábado Santo: Jesucristo murió en la cruz y, descendido de la misma, fue sepultado, descendiendo luego a los infiernos cuando su cuerpo estuvo en las entrañas de la tierra.
Así se explicaba en una ocasión al respecto Don Antonio Montero Moreno siendo arzobispo de Mérida-Badajoz:

Nadie llega a ser plenamente un ser humano hasta tanto no pasa por el trance de morir. A los humanos se nos suele llamar también los mortales porque de la guadaña no se escapa nadie. Y, menos, el Hijo de Dios e Hijo del Hombre, cuya razón de venir al mundo era igualarse al máximo con nosotros, menos en el pecado. Y tanto más, cuanto que fue precisamente su muerte la mejor muestra de obediencia, de amor a los hombres, de comunión con nuestro destino e incorporación de los hombres al suyo. Sin la muerte física de Jesús no alcanzaría su verdad entera la Encarnación del Hijo de Dios.

I.- Mirada al Crucifijo

Todo se ha cumplido. Estamos en el fin del final: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y dicho esto, inclinó la cabeza y expiró. Los soldados de Pilato le dieron por muerto y no le quebraron las piernas como a los otros dos crucificados. Con todo, uno de los guardianes, recordado después como Longinos por la tradición cristiana, pa-ra cerciorarse de su muerte, y como “tiro de gracia”, empuñó la lanza y taladró con ella el costado, es decir, el corazón, del crucificado, del que manó luego sangre y agua.
Con lo cual, la lanzada vino a rubricar a un tiempo el acta de defunción del Mesías, clave de nuestra salvación, y también su amor insondable a los hombres, hasta la última gota de su ser viviente. Vale decir también lo del “tiro de gracia” (expresión, por otra parte, extrañísima), porque la brecha de Longinos hizo saltar los manantiales de la gracia redentora: agua del Bautismo, sangre de la Eucaristía, nacimiento místico de la Iglesia, del costado de Cristo ya exangüe, como lo fuera Eva del de Adán dormido.
Todos los comentaristas de este pasaje evangélico, hasta los exégetas de hoy, buscan claves simbólicas para su interpretación. Es el mismo San Juan el que da pie para ello, confesándose testigo de los hechos, cosa que hace rara vez en su Evangelio: “El que lo vio, dice, da testimonio. Y su testimonio es verdadero y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis” (Jn 19, 36). ¿A qué decirnos esto con tanto énfasis, si sólo se tratara de la secreción acuosa de una herida? Estamos pisando, como Moisés en el Sinaí, una zona de misterio. Sigamos por ella, aunque volando a menor altura.
Permanece todavía, alzada e izada en la cima del Calvario, la cruz del escarnio y la victoria, con el INRI hecho grabar en su cabecera por Poncio Pilato, proclamando, a contrapelo del Sanedrín, el señorío mesiánico y universal del Nazareno crucificado. Reconstruyo en mi interior su estampa más sublime: abiertos los brazos e inclinada la frente, en gesto de acogida sobre el mundo. Amoroso el semblante en expresión sagrada y silenciosa, según quedó plasmado en la pintura y la escultura del Cristo de Velázquez o el de la Buena Muerte, de los estudiantes sevillanos.
No hubo tiempo, empero, ni siquiera entonces, para una callada meditación. Avanzaba la tarde del viernes y había que retirar los cuerpos de los ajusticiados en las breves horas que faltaban para el descanso sabático. Sobreponiéndose al trauma y al desconcierto, entran en juego, rápidos y bien conjuntados, los mejores amigos de Jesús.
El primero, José de Arimatea, un noble senador, discípulo suyo, que esperaba el Reino de Dios. De él dice San Marcos que se dirigió resueltamente a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús; que Pilato mostró su extrañeza de que hubiera muerto tan pronto y se aseguró de ello llamando al Centurión (cautelas del Derecho romano); y que, al fin, le concedió el cadáver a José de Arimatea.
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II.- El entierro de Cristo

Fue, pues, añade Marcos, “y quitó el cadáver”. Esto suponía desclavarlo, bajarlo de la cruz y llevarlo al sepulcro. Vamos por pasos. Hablemos del Descendimiento, escena contemplada, con infinito amor, por la devoción, la pintura y la escultura cristiana. Junto a José de Arimatea acudió otro voluntario, también dispuesto a todo, el viejo amigo de Jesús, el letrado Nicodemo. Eran dos hombres hechos y derechos, con madurez para tomar decisiones, fieles a Jesús hasta la médula. Eran lo que hoy llamamos dos laicos creyentes, cabales y comprometidos. Junto a ellos estaba ¿quién lo va a dudar? Juan evangelista, discípulo amado, testigo directo de la muerte de Jesús. Muchacho muy ágil y en plena juventud, como lo muestra la carrera de la mañana de Resurrección, con Pedro jadeante a sus espaldas.
Nos consta, igualmente, por los Evangelios sinópticos, que las “Tres Marías”, que le habían acompañado desde Galilea, permanecieron hasta el final en el Calvario y siguieron de cerca a los personajes masculinos mientras colocaban a Jesús en el sepulcro, de lo que hablaremos enseguida. Estuvieron, pues, ellas presentes con toda evidencia junto al Señor, ya muerto, cuando fue bajado de la cruz.
¿Y María, su madre? Si ella estaba junto al madero y de éste lo bajaron, no hay que suponer lo evidente para afirmar que Cristo muerto fue depositado, con patética ternura, en los brazos y en el seno bendito de su madre, sin más comentario que un silencio sagrado, aunque no olvido los estremecedores comentarios de nuestros clásicos asombrosos, Fray Luis de Granada y el P. Luis de la Palma. Estamos en la cima icónica y plástica de la devoción, a un tiempo cristocéntrica y mariana, que se plasma en la Pietà de Miguel Ángel y una entre mil barrocas y españolas la Virgen de las Angustias de mi Granada nativa, cuya medalla llevo al cuello (¡perdón!). María su madre aparece también en ciertos cuadros primitivos en el momento del sepelio. Los Evangelios guardan silencio, pienso que respetuoso.
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III.- Silencio ante el sepulcro

Ante la inminencia del sábado, hubo que buscar con prisa un sepulcro en las inmediaciones del Calvario. Arimatea dio con él en un pequeño huerto (la Magdalena buscaría allí al hortelano), en la base misma del montículo. Dentro estaba excavado en la roca un sepulcro sin estrenar. El sanedrita se hizo con él de inmediato, probablemente a título provisional (¡y tan provisional!) mientras pasaba el Parascebe, o víspera del sábado, como advierte San Juan Evangelista. Previamente había comprado él una sábana nueva, en tanto que Nicodemo trajo consigo cien libras de una mezcla de mirra y áloe. “Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas, como es costumbre sepultar a los judíos” (Jn 19, 40).
Jesús, en su vida pública, había presagiado esta escena ante la mujer que derramó en sus pies un frasco de alabastro “de puro nardo, de mucho precio”. “No la molestéis, dijo, esta mujer se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura” (Mt 12, 40). Y en otro tono, en un momento álgido de su vida pública, les había dicho a los fariseos: “Así como estuvo Jonás en el vientre del monstruo marino tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches” (Mt 12, 40). En este texto, de compleja interpretación en otros aspectos que no son del caso, lo que subraya Jesús con enorme fuerza es su bajada de tres días “a las entrañas de la tierra” ¿No es este un subrayado enorme a su condición humana, a su “hombreidad” como diría Laín? Esto, pienso, encierra tantos mensajes como la llaga del costado.
El sepulcro, en su pétreo mutismo, ¡expresa tantas cosas! En él se depositan tan sólo los despojos mortales de un ser humano. Para muchos el cementerio tiene la palabra definitiva. Eso querían los poderes judíos tras la muerte de Jesús. Por ello consiguieron de Pilato que se sellara el sepulcro y se mantuviera junto a él un turno de guardia durante tres días (cf. Mt 27, 62-66). Mirando a la Historia y al presente, acuden a la mente tantos recuerdos cristianos, que van desde la sábana santa hasta el sepulcro material, vacío tras la resurrección, imán de veneración de todas las generaciones cristianas, que evocan un mundo inquietante de cruzados de antaño, la pluralidad de cus-todios del santísimo lugar, y la connivencia difícil entre cristianos católicos, ortodoxos y reformados. ¿Y qué decir de la situación actual del santo sepulcro y todos los lugares santos, como escenario de una guerra fratricida entre los hijos de Abraham durante casi sesenta años? Cristo sigue enterrado en el sepulcro vacío.

IV.- Salvador del género humano

En la misma línea de fe con que profesamos en el Credo apostólico la muerte y el sepelio de Jesús, lo hacemos también con su misteriosa “bajada a los infiernos”, que realiza Jesús entre su muerte y su resurrección, mientras yace en el sepulcro su cuerpo santo. Diversos textos del Nuevo Testamento dan cuenta de este descendimiento, digamos que del alma y la divinidad de Cristo, al lugar de los muertos. La palabra infiernos, de la misma raíz que inferior, significa, en la cosmovisión judía, el valle profundo del Sheol o Hades, donde sus espíritus (de los propios muertos) estaban a la espera del Salvador de la Humanidad. Adán, Eva, los antiguos patriarcas, reyes, profetas y pueblo de Israel. Y, ¿qué sabemos de la humanidad precristiana? serían objeto de esta visita transcendental. Cristo, al morir en la cruz, “atrajo así y hacia sí a todo el universo” (Jn 12, 32). Por eso, de este descendimiento, del que lo ignoramos casi todo, lo que se desprende es que la sangre y la gracia de Cristo extienden su sombra salvífica a todo el género humano.
Con Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, fueron sepultados, con aparente fracaso y frustración, todos los inocentes, todos los perdedores de la historia. Sólo la fuerza de su Resurrección pudo remover la piedra de su sepulcro y de todas las tumbas (incluidas las piras y los hornos crematorios) de la doliente familia humana. Su Resurrección gloriosa y para siempre no sólo viene exigida por su condición divina, sino reclamada a gritos y aplausos por un imperativo categórico de la justicia final y del triunfo del bien, que abra paso a la nueva humanidad.
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(18 de febrero de 2017)

LA MUERTE DE JESÚS Y NUESTRO MORIR CON CRISTO

(Cf. Catecismo, 612 ss.)

El morir con Cristo y como Cristo ha quedado abierto a la resurrección (1 Cor 15). Por eso grita Pablo estas exclamaciones: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde, muerte, tu aguijón venenoso?” (1 Cor 15, 55).
La tradición bíblica que Pablo sabía por asimilación y herencia le presentaba la muerte así: como una conclusión natural de la existencia o también como un castigo del pecado. Pablo comprendió, por la muerte y resurrección de Jesús, que todos los hombres son pecadores (Rom 3, 9) y que todos “fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo” (Rom 5, 10). Por causa del pecado, la muerte hizo su entrada en el mundo (Rom 5, 12): si todos morimos, esto significa que también todos pecamos. La muerte, como fenómeno universal, es el signo de una situación universal de pecado.
¿A qué se refiere San Pablo al hablar de “muerte”? Al hablar de “muerte”, Pablo entiende evidentemente algo más que un simple fenómeno biológico de descomposición: la muerte es también separación de Dios; es dolor, violencia radical, sufrimiento, incomunicabilidad. Por tanto, Pablo ve también la muerte en el contexto de la humanidad sometida al dominio del pecado. Esto no significa que sea, de suyo, la consecuencia o el castigo de los pecados personales.
El morir con Cristo y como Cristo arranca de la ambigüedad peligrosa de la muerte relacionada con el pecado: “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6, 8). Como él ha resucitado, también nosotros resucitaremos (1 Cor 15). Nuestra vida y nuestra muerte tienen un referente: Jesús.
Sin embargo, la finalidad sigue siendo el deseo de vivir y la búsqueda de la superación de la muerte. Se inserta aquí la vida sacramental del cristiano.
El morir cristiano comienza ya con el bautismo; con la “muerte” al pecado (Rom 6, 11), al hombre viejo (Rom 6, 6), a la carne o el egoísmo (1 Pe 3, 18), al cuerpo del pecado o al ser pecador (Rom 6, 6; 8, 10), a la ley o pretensión de autosalvación (Gál 2, 19), a todos los elementos del mundo o las diversas ideologías (Col 2, 20). Y, al final, un morir a la muerte para pasar de la muerte a la vida (Jn 5, 24). La vida con Cristo, inaugurada con el bautismo, nos libera del pecado y de las fuerzas de muerte que nos aprisionan, de todos los poderes que limitan y oscurecen nuestra libertad; nos hace vivir de modo verdaderamente humano. El Espíritu de Cristo nos libera del pecado precisamente porque nos hace vivir como Cristo para hacernos resurgir como Cristo.
Lo mismo que vivió para el Señor, así también el cristiano “muere para el Señor” (Rom 14, 7-8; Fi1 1, 20). Y su muerte abre hacia una dicha sin fin: “Dichosos desde ahora los muertos que mueren en el Señor” (Ap 14, 13). En el morir con Jesús tiene lugar nuestro encuentro definitivo con Dios. Nacerá entonces para nosotros “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21, 1) y “no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni pena” (Ap 21, 4). ¡Para nosotros habrá acabado el “mundo”! Con Jesús viviremos para siempre en Dios, junto con nuestro mundo transfigurado.

EPÍLOGO Y CONCLUSIÓN DE ESTA PARTE DE NUESTROS ENCUENTROS

Vamos por el artículo del Credo por el que confesamos creer en Jesucristo que padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado. En lo de “sepultado” nos falta aún adentrarnos. Lo iremos considerando, si Dios quiere, en sucesivos encuentros.
Nos está resultando en estos encuentros que no sólo nos hemos adentrado en la muerte de Jesús sino también en nuestra muerte, en la muerte del hombre, no sólo refiriéndonos a la muerte del cuerpo; hemos de tener en cuenta que la antropología bíblica no separa el alma del cuerpo: el hombre es alma y el hombre es cuerpo. Y lo cierto es que la resurrección afecta al hombre entero. ¿Pero muere todo el hombre en la muerte? Hay que tener presente que, para la Biblia, el “alma” y el “cuerpo” no son dos partes o dos elementos separados que se juntan para construir al hombre; sino dos dimensiones del ser humano: el hombre es “alma” en cuanto que es libertad y capacidad de relación con Dios; es “cuerpo” en cuanto que es solidario de los demás y del mundo. En el pensamiento bíblico no existe un esquema dualista de alma y cuerpo. Por eso es preciso tener mucha prudencia al presentar la muerte como separación de alma y cuerpo; ese lenguaje, por lo demás bastante tradicional en la Iglesia, puede convertirse en un instrumento verbal indispensable para anunciar, en la predicación, la fe cristiana en la supervivencia del yo después de la muerte. Precisamente en cuanto “alma”, apertura a Dios Creador y Salvador, el hombre es inmortal, capaz de acoger el don de la vida divina. Pero esto no debe llevar a la conclusión de que la muerte sea un fenómeno puramente biológico que se refiera sólo al cuerpo, sin tocar para nada al alma. Todo el hombre, en las dimensiones del alma y del cuerpo, está manchado por el pecado; todo el hombre, alma y cuerpo, ha sido redimido por la muerte de Jesucristo.
La Biblia (Sagrada Escritura y Palabra de Dios) no quiere asustar con el pensamiento de la muerte ni inspirar un miedo saludable con sus relatos: tampoco quiere banalizar la muerte, despojándola de su terrible seriedad. Siguiendo la Palabra de Dios, se aprende sobre todo a no manipular la muerte, a mirarla y considerarla por lo que es. Sería un grave error comprender la fe bíblica como un ars moriendi, como un ejercicio sobre el modo de morir. El creyente no es un artista del morir: el ars moriendi es un juego fútil para afirmarse a sí mismo incluso en la muerte. El creyente acepta la vida de las manos de Dios, como don de su amor, y acepta el deber y poder morir con la misma confiada esperanza en Aquél que le concedió poder vivir. Y la medida de la fe no depende del miedo o no miedo de la muerte, porque en este caso el miedo no es vileza, sino horror de lo que es extraño a Dios mismo por ser negación de toda relación. Por eso toda la vida del creyente es un no a la muerte, una aceptación de la vida, a fin de vencer, con Cristo, incluso la muerte.

CAMPAÑA DE MANOS UNIDAS 2017

NUESTRA COOPERACIÓN O COLABORACIÓN PARROQUIAL
CON LA CAMPAÑA DE MANOS UNIDAS 2017

En este mediados de febrero de 2017, colaboramos enviando colecta a Manos Unidas, en uno de sus proyectos, el de traída o acarreo de agua por gravedad del que se beneficia una población necesitada de la diócesis de Njonbe, Kifanya, en la región montañosa de Ludewa, en Tanzania Oriental. Al frente del proyecto está Fr. Damas Mahali y su presupuesto es de 55.199 euros. Se agradece la colaboración.
La población de Kifanya está formada principalmente por campesinos que practican una agricultura de subsistencia. La falta de agua potable en el pueblo supone que abundan las enfermedades derivadas del consumo de agua contaminada. Las mujeres y niños recorren largas distancias para acceder a los manantiales de montaña donde bebe también el ganado. Hay un grado alto de analfabetismo. Pertenecen al grupo étnico denominado Bena y viven en paz, siendo agradables y de buena armonía.
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Encuentro Parroquial

ENCUENTRO PARROQUIAL

(14 de febrero de 2017)

LA MUERTE DE JESÚS (II)

(Cf. Catecismo, 612 ss.)

Consideremos a Jesús frente a su propia muerte, teniendo en cuenta que los Evangelios no son una biografía de Jesús, pero permiten una reconstrucción de su experiencia frente a la muerte. La muerte de Jesús fue un acontecimiento único e incomparable; irrepetible, pero auténticamente humano. ¿Cómo vivió Jesús su propia muerte?
Ante la muerte, vislumbrada ya como inminente, Jesús se siente aterrorizado y asustado; exclama: “Me muero de tristeza” (Mc 14, 33-34). Esta expresión es una cita del Salmo 42, 6; con ella Jesús “asume la experiencia de los angustiados del Antiguo Testamento, que a su vez prestaban su voz a los diversos aspectos de la angustia humana” (P. Grelot). Jesús no tiene ni el aliento ni el apoyo de los amigos; no tiene el consuelo de la fidelidad de los discípulos, puesto que “todos lo abandonaron y huyeron” (Mc 14, 50). También en la cruz Jesucristo manifiesta su angustia: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Sin embargo, él se abandona con amor filial a la voluntad misericordiosa del Padre: “¡Abba, Padre!, todo te es posible; aparta de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14, 35; cf. Lc 22, 42; Mt 26, 39).
San Lucas desarrolla sobre todo la entrega de Jesús al Padre y parece atenuar la angustia de Jesús, que en la cruz grita con voz fuerte: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. El abandono confiado en las manos del Padre tiene los rasgos característicos de la fe bíblica, y Jesús muere como el justo creyente: “El oficial, al ver lo que había ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: ‘Verdaderamente, este hombre era justo’” (Lc 23, 47). Jesús entra en las tinieblas de la muerte no con la luz de una revelación particular, sino con la fe y el abandono filial al Padre. También para él la muerte es una noche oscura, pero no sin esperanza.
La carta a los Hebreos es el único escrito del Nuevo Testamento, fuera de los Evangelios, que ha meditado sobre la angustia de Jesús frente a la muerte (cf. Heb 5, 7-9). Jesús se hizo totalmente solidario con la condición humana; sufriendo, aprendió la obediencia, haciéndose autor y consumador de la fe (Heb 12, 2).
Los Evangelios refieren también tres anuncios anticipados con los que Jesús predijo su muerte (Mc 8, 31-32; 9, 31; 10,32-34 y par), además de una alusión (Mc 9, 9-10, 7) y de la parábola de los viñadores homicidas (Mc 12, 1-12). Estos textos fueron redactados después de la resurrección de Jesús; sin embargo, parece innegable que Jesús previó cada vez con mayor claridad, sobre todo después del fracaso de su misión en Galilea, su destino de muerte violenta.
Pero la oscuridad del futuro y de su propia muerte forma parte de la experiencia humana de Jesús, el cual sabe, incluso antes de morir, que no se verá olvidado del Padre, ni siquiera en la hora del abandono. Ciertamente Jesús no previó su muerte, contemplándola previamente como en un filme.muerte-jesus
¿Cómo entendió Jesús su muerte? Jesús previó su muerte violenta por las reacciones que desencadenaba su persona, y la aceptó con el abandono confiado y obediente al Padre, sin que esto le impidiera probar la angustia y el sufrimiento, la oscuridad y la desolación. Ciertamente, Jesús comprendió su muerte tomando como base la misión que él sabía que tenía y el sentido que había dado a su existencia. Pues bien, Jesús había vivido para anunciar el Reino de Dios, para dar su propia vida por amor a los demás en obediencia al Padre. Él resume así su existencia: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). Su vida fue y se comprendió como pro-existencia, como entrega de amor. Aunque probablemente Jesús no utilizó un lenguaje sacrificial, el don consciente de sí mismo por los demás, en la obediencia al Padre, llevaba consigo cierta conciencia del significado salvífico de su propia existencia.
Al ver perfilarse ante él su destino de muerte violenta, Jesús lo reconoció como voluntad del Padre y entendió también su propia muerte, lo mismo que su vida, como total entrega de sí por la vida de los demás, y al mismo tiempo como cumplimiento real de su misión de representante absoluto del Padre.
Esta comprensión de su muerte puede reflejarse en las palabras de Mc 10, 45: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos” (cf. Mt 20, 28; Lc 22, 24-27). El don de sí, que es la sustancia de la vida de Jesús y que lo conducirá a la muerte, es la realización del servicio que Jesús rinde a los hombres. La alusión al Siervo de Yahvé parece clara (cf. Is 53, 12), aunque esta re-ferencia al texto profético podría ser fruto de una explicitación de la tradición evangélica, a fin de evidenciar el significado salvífico de la muerte de Jesús.
Otra serie decisiva de textos son las palabras de Jesús en la última Cena sobre el don de sí, de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada por todos (cf. Mc 14, 22-24 y par; cf. 1 Cor 11, 24-25). Y el don de sí mismo se relaciona aquí con la conclusión de la nueva alianza, es decir, deja entrever la intención de vivir su propia muerte en la perspectiva de establecer una solidaridad absoluta con sus discípulos.
Como se deduce del tema de la “hora” (según San Juan), la existencia y la misión de Jesús se desarrolló no en la perspectiva de una duración ilimitada, sino como “camino” hacia un momento final y culminante. Poco a poco Jesús comprendió que el momento final –su “hora”– era el de la muerte violenta. Y en ella comprendió que se realizaba el plan del Padre para la salvación del mundo.cristo-murio
Apartado especial podemos considerar también en torno a la muerte de Jesús según San Pablo. Resumimos, sin ser exhaustivos, que la muerte de Jesús, para este apóstol, se mostraba como escándalo para los judíos (1 Cor 1, 23). Pablo sintió el horror típicamente judío ante el “maldito que está colgado de un madero” (Gál 3,13). Su celo judío contra los cristianos, como vemos en el libro de los Hechos, era expresión de este horror. Pero después del encuentro y su experiencia con Cristo resucitado, en el camino de Damasco, Pablo hace de la cruz el centro de su predicación: “Nosotros anunciamos a Cristo crucificado” (l Cor 1, 23; 2, 2; 2 Cor 3, 4; Gál 3, 1; 6, 14; Fil 2, 1). Pablo llegó a ver en la muerte de Jesús incluso el acontecimiento salvífico definitivo.

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ENCUENTRO PARROQUIAL

(11 de febrero de 2017)

LA MUERTE DE JESÚS (I)

(Cf. Catecismo, 612 ss.)

Del misterio de la muerte de Jesús escribe así Carlo M. Martini (1986): El Evangelio eclesial de San Mateo, Bogotá, Paulinas, 197 ss.:

He aquí la muerte de Dios por amor del hombre que lo rechaza. Dios va hasta el fondo con su ofrecimiento, y al ver rechazada su oferta, este ir hasta el fondo supone la muerte. Aquí cesa cualquier palabra, porque ¿qué sabemos nosotros de la muerte de Dios en Jesús? ¡Nada! Como tampoco sabemos nada de ninguna muerte.
La muerte es el momento de la incomunicabilidad absoluta y, a medida que la persona se acerca a la muerte, nosotros sabemos siempre menos de lo que está sucediendo. Imaginamos, suponemos, pero cada vez más entendemos menos, y se entra en la absoluta incomunicabilidad, en la absoluta incapacidad de dar o de recibir.
Toda muerte tiene este signo de misterio absoluto, del que nacen luego los usos, las costumbres de los hombres, nuestro modo de reaccionar ante la muerte de los otros o ante la muerte que nos toca. ¿No nos ha sucedido acaso a cada uno de nosotros, cuando sentimos alguna muerte grave, que nos toca de cerca, ver cómo los otros, prácticamente, tienen casi miedo de nosotros, pasan cerca y dicen una palabra de condolencia siempre la misma y luego se van, pronto, aprisa, porque no saben qué más hacer?
Ninguno de nosotros sabe cómo comportarse en estas circunstancias; solamente una grande amistad, una grande confianza puede permitir que entremos un poco más en estas cosas, pero generalmente se tiene miedo, se dicen palabras de conveniencia que hay que decir, que se cree conviene decir en ese momento, pero luego todos se sienten un poco impactados, incómodos por esta experiencia incomunicable. Se deja que pase
un poco de tiempo, que la cosa se olvide, porque no se puede vivir con este misterio de incomunicabilidad.
Ahora bien, si no se puede comprender la muerte del hombre, ¿cómo podremos comprender la muerte de Jesús y el misterio que ella encierra? Esta muerte, que, como expresa el teólogo Urs Von Balthasar, tiene de por sí carácter de algo definitivo, no
es un experimento que Jesús hace de entrar en la muerte para luego volver a salir, como uno que se echa por debajo del agua y luego sale. Es un dejarse caer en el mar de la muerte y, por tanto, es un terminar como tal, [un se acabó]; sólo el poder de Dios puede hacer lo que es absurdo para el hombre, es decir, hacer salir de este mar.
Pero cuando Jesús muere, muere como cualquier otra persona, para siempre, definitivamente, se deja tragar por este mar de los Infiernos. No decimos acaso en el Credo: ¿bajó o descendió a los Infiernos? No sabemos bien qué quiera decir exactamente, pero detrás está esta experiencia absoluta, irrepetible, incomunicable, como experiencia de la no experiencia, del fin, que no podemos comparar con nada, sino por analogía.
Cuando abandonamos un lugar que nos es querido y sentimos que no vamos a volver, palpamos la separación: en efecto, se dice que “partir es un morir”, precisamente porque sentimos que hay una cesación. Pero inmediatamente nos consolamos con otras
cosas que son presentes y, por tanto, se trata siempre de una analogía lejana. Ninguno de nosotros puede decir qué es la experiencia como cesación de toda experiencia.

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(Martes 7 de febrero de 2017)

ANTICIPO Y MEMORIAL

Jesús anticipó en su última Cena Pascual la ofrenda libre de su vida. Así se dice y encabeza en el Catecismo la parte de la Pasión de Cristo que se expone en los números 610 y 611, de los que hoy tratamos.
En primer lugar, he aquí los mencionados números, a los que damos lectura:

610.- Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf. Mt 26, 20), en “la noche en que fue entregado” (1 Cor 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Cor 5, 7), por la salvación de los hombres: “Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19). “Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

611.- La Eucaristía que instituyó en este momento será el “memorial” (1 Cor 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los Apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: “Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad” (Jn 17, 19; cf. Concilio de Trento: DS, 1752; 1764).

En estos dos puntos se unen el sacrificio de la ofrenda libre de Jesucristo y la institución del sacerdocio cristiano.
Jesús utilizó la palabra cáliz o copa en diversas ocasiones antes de llegar a la institución de la Eucaristía.
En el Antiguo Testamento la palabra cáliz o copa encontramos que en ocasiones tiene el sentido de ofrenda de acción de gracias (Salmo 116, 13): “Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor”; en sentido festivo (Salmo 16, 5): “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”; expresando el cáliz del dolor (Salmo 75, 9): “El Señor tiene una copa en la mano, un vaso lleno de vino drogado: lo da a beber hasta las heces a todos los malvados de la tierra”, siendo también, pues, el cáliz de la ira de Yahvé (Is 51, 17-22), llamando a despertar a Jerusalén: “Tú, que hs bebido de mano de Yahvé la copa de su ira; tú, que has bebido hasta las heces el cáliz del vértigo…”.
Jesús se refiere al cáliz en el sentido misterioso del peso, de la amargura de todos los pecados de la humanidad. Jesús bebe el cáliz en calidad de inocente transformando el castigo que era para nosotros o que nosotros merecimos en bebida de salvación para nosotros. En  1 Cor 11, 23-25, leemos: “El Señor Jesús, la noche en que era entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía’. Del mismo modo, tomó el cáliz después de cenar y dijo: ‘Esta copa es la nueva Alianza en mi Sangre. Siempre que la bebáis, hacedlo en memoria mía”.
Queda patente en la última Cena Pascual de Jesús con los suyos el carácter o aspecto sacrificial propio, cuando habla de “mi Cuerpo, que se entrega por vosotros”. Jesús ofrece su cuerpo como sacrificio para alimento y vida del mundo.
La imagen de un pelícano que vemos en algunos sagrarios indica que dicho animal, en tiempo de escasez de alimentos, picotea su pecho para arrancarse carne y sangrar para alimentar a sus polluelos. Este sentido sacrificial de alimento es el que utiliza San Juan (6, 51): “El que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Jesús se sacrifica y se nos da como alimento; es la Eucaristía alimentando nuestras almas.
Es importante entender que el Antiguo Testamento se refiera a la sangre como siendo el alma de la carne. Así tenemos en Levítico 17, 11: “Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras vidas, pues la expiación por la vida se hace con la sangre”.
Al instituir la Eucaristía, Jesús utiliza los conceptos del Antiguo Testamento, pero los supera. Si los antiguos creían que la sangre era como el alma de la carne, uno entiende que al recibir la carne y la sangre, al recibir la Eucaristía está recibiendo la vida de Jesucristo porque la sangre es como el alma o la vida entera de esa persona, la del Muerto sacrificado libremente, en obediencia al Padre, y Resucitado gloriosamente.
Como sabemos, hay un tipo de gente, que entiende de un modo literal el precepto del Levítico, negándose, por tanto, a las trasfusiones de sangre, malinterpretando el texto. Nosotros sabemos que el Antiguo Testamento la Antigua Alianza alcanza su sentido en Jesucristo. Hay una Comunión efectiva entre Cristo y quienes comulgan su Cuerpo y su Sangre, sin nada de antropofagia y sin que se puedan concebir asuntos físicamente extraños o raros.
Sabemos que el sacramento de la Eucaristía consiste en la transubstanciación del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre, renovando como memorial el sacrificio de Jesucristo en la cruz. Sabemos que el sacramento de la Eucaristía fue instituido por Jesús, como anticipo y memorial de su pasión, en su última Cena Pascual, cuando también instituyó sacerdotes de la nueva Alianza a sus apóstoles.
Y no podemos olvidar el aspecto pascual del memorial, el “haced esto en memoria mía” que evoca la prescripción que ya existía de comer el cordero pascual en recuerdo de la liberación de Egipto (Ex 12, 14): “Éste será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor de Yahvé de generación en generación, decretaréis que sea fiesta para siempre”. Igual que a Israel se le había mandado guardar con esmero el recuerdo de la liberación de Egipto, cuando aquel cordero había sido sacrificado y cuya sangre se había untado en el dintel de las puertas, siendo una sangre liberadora, pues ahora a la Iglesia, nuevo Israel para todos los pueblos, se le manda guardar memoria y hacer presente el sacrificio de un Cordero único cuya sangre derramada nos libera del pecado.
Hay que entender también, por tanto, que Jesús se presenta como la nueva Alianza. En el monte Sinaí hizo Yahvé, por Moisés, una Alianza con su pueblo, comprometiéndose éste al cumplimiento y vivencia de los mandamientos. Fue una Alianza sellada como tal, según leemos en Éxodo 24, 6-8, ritualmente con sangre animal: “Moisés tomó la mitad de la sangre y la puso en unos recipientes, derramando la otra mitad sobre el altar. Luego tomó el documento de la Alianza y lo leyó delante del pueblo, el cual exclamó: ‘Estamos resueltos a obedecer y a poner en práctica todo lo que Yahvé ha dicho’. Entonces Moisés tomó la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: ‘Esta es la sangre de la Alianza que ahora el Señor hace con vosotros según establecen estas cláusulas”. Moisés ofreció la sangre a Dios poniéndola en unas vasijas y la otra parte la entendieron como que era Dios la que se la ofrecía a ellos y la derramaron sobre ellos. Eso mismo hace Jesús, viniendo a ser, por una parte, la sangre de Dios que se derrama sobre nosotros y nos purifica, y por otra parte queda representada la sangre de los hombres que se ofrece a Dios en sacrificio como expiación. Por eso Jesús personifica la nueva Alianza, porque Jesús es el mediador, uniéndose en él Dios y el hombre, permitiéndose que se lleve a cabo el don de ofrecimiento de Dios a los hombres y del hombre a Dios, concurriendo las dos cosas en Jesús. En el Antiguo Testamento el sacrificio tiene una sola dirección ascendente, consistiendo en una ofrenda hecha del hombre a Dios, intentando el hombre hacerse propicio a Dios y alcanzar su favor; ahora, sin embargo, por Cristo, el sacrificio se vuelve también en una dirección descendente, de Dios a los hombres. El sacrificio es descendente por la Encarnación de Jesús, el Verbo, y es ascendente o del hombre a Dios por la muerte de Jesús en la cruz, porque en la Pasión de Cristo, asumiendo él todos los sufrimientos de la humanidad, son esos sufrimientos los que se ofrecen por él al Padre.
Para entender las palabras “éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros, ésta es mi sangre que se derrama por vosotros”, habría que hacer una precisión: La carne y la sangre hacen referencia a los sacrificios del Antiguo Testamento, donde al sacrificar al animal, se recogía la sangre del animal en vasijas y se rociaba el altar o se rociaba al pueblo, y la carne resultaba comida o quemada. El pueblo de Israel una y otra vez estaba ofreciendo la carne y la sangre de los animales irracionales, y la propia repetición estaba dejando claro que no eran efectivos. Cristo remarca la palabra carne y sangre para expresar a los que le escuchaban que él se constituía en el verdadero sacrificio ofrecido a Dios y que los sacrificios del Antiguo Testamento habían sido ineficaces. Cristo quería dar a entender que estaba entroncando con todo el deseo del Antiguo Testamento, deseo de purificación a través de un sacrificio, deseo que había sido ineficaz porque la sangre y la carne de aquellos animales no era purificatoria; porque era un don ascendente del hombre a Dios, no era un don descendente de Dios a nosotros; y hasta que Dios mismo no nos dio a su Hijo rociándonos con su sangre, ese sacrificio ascendente no tenía más significado que el de ser la expresión de una buena voluntad por parte del hombre buscando ser purificado.
Una de las pruebas más evidentes de que Cristo entrega su vida voluntariamente es que ya la entregó en la víspera de su Pasión, cuando su última Cena Pascual. Anticipó sacramentalmente su entrega total a la condena que formularan luego el Sanedrín judío y Poncio Pilatos. La entrega fue anticipo y memorial.