Encuentro Parroquial

ENCUENTRO PARROQUIAL

(18 de febrero de 2017)

LA MUERTE DE JESÚS Y NUESTRO MORIR CON CRISTO

(Cf. Catecismo, 612 ss.)

El morir con Cristo y como Cristo ha quedado abierto a la resurrección (1 Cor 15). Por eso grita Pablo estas exclamaciones: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde, muerte, tu aguijón venenoso?” (1 Cor 15, 55).
La tradición bíblica que Pablo sabía por asimilación y herencia le presentaba la muerte así: como una conclusión natural de la existencia o también como un castigo del pecado. Pablo comprendió, por la muerte y resurrección de Jesús, que todos los hombres son pecadores (Rom 3, 9) y que todos “fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo” (Rom 5, 10). Por causa del pecado, la muerte hizo su entrada en el mundo (Rom 5, 12): si todos morimos, esto significa que también todos pecamos. La muerte, como fenómeno universal, es el signo de una situación universal de pecado.
¿A qué se refiere San Pablo al hablar de “muerte”? Al hablar de “muerte”, Pablo entiende evidentemente algo más que un simple fenómeno biológico de descomposición: la muerte es también separación de Dios; es dolor, violencia radical, sufrimiento, incomunicabilidad. Por tanto, Pablo ve también la muerte en el contexto de la humanidad sometida al dominio del pecado. Esto no significa que sea, de suyo, la consecuencia o el castigo de los pecados personales.
El morir con Cristo y como Cristo arranca de la ambigüedad peligrosa de la muerte relacionada con el pecado: “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6, 8). Como él ha resucitado, también nosotros resucitaremos (1 Cor 15). Nuestra vida y nuestra muerte tienen un referente: Jesús.
Sin embargo, la finalidad sigue siendo el deseo de vivir y la búsqueda de la superación de la muerte. Se inserta aquí la vida sacramental del cristiano.
El morir cristiano comienza ya con el bautismo; con la “muerte” al pecado (Rom 6, 11), al hombre viejo (Rom 6, 6), a la carne o el egoísmo (1 Pe 3, 18), al cuerpo del pecado o al ser pecador (Rom 6, 6; 8, 10), a la ley o pretensión de autosalvación (Gál 2, 19), a todos los elementos del mundo o las diversas ideologías (Col 2, 20). Y, al final, un morir a la muerte para pasar de la muerte a la vida (Jn 5, 24). La vida con Cristo, inaugurada con el bautismo, nos libera del pecado y de las fuerzas de muerte que nos aprisionan, de todos los poderes que limitan y oscurecen nuestra libertad; nos hace vivir de modo verdaderamente humano. El Espíritu de Cristo nos libera del pecado precisamente porque nos hace vivir como Cristo para hacernos resurgir como Cristo.
Lo mismo que vivió para el Señor, así también el cristiano “muere para el Señor” (Rom 14, 7-8; Fi1 1, 20). Y su muerte abre hacia una dicha sin fin: “Dichosos desde ahora los muertos que mueren en el Señor” (Ap 14, 13). En el morir con Jesús tiene lugar nuestro encuentro definitivo con Dios. Nacerá entonces para nosotros “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21, 1) y “no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni pena” (Ap 21, 4). ¡Para nosotros habrá acabado el “mundo”! Con Jesús viviremos para siempre en Dios, junto con nuestro mundo transfigurado.

EPÍLOGO Y CONCLUSIÓN DE ESTA PARTE DE NUESTROS ENCUENTROS

Vamos por el artículo del Credo por el que confesamos creer en Jesucristo que padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado. En lo de “sepultado” nos falta aún adentrarnos. Lo iremos considerando, si Dios quiere, en sucesivos encuentros.
Nos está resultando en estos encuentros que no sólo nos hemos adentrado en la muerte de Jesús sino también en nuestra muerte, en la muerte del hombre, no sólo refiriéndonos a la muerte del cuerpo; hemos de tener en cuenta que la antropología bíblica no separa el alma del cuerpo: el hombre es alma y el hombre es cuerpo. Y lo cierto es que la resurrección afecta al hombre entero. ¿Pero muere todo el hombre en la muerte? Hay que tener presente que, para la Biblia, el “alma” y el “cuerpo” no son dos partes o dos elementos separados que se juntan para construir al hombre; sino dos dimensiones del ser humano: el hombre es “alma” en cuanto que es libertad y capacidad de relación con Dios; es “cuerpo” en cuanto que es solidario de los demás y del mundo. En el pensamiento bíblico no existe un esquema dualista de alma y cuerpo. Por eso es preciso tener mucha prudencia al presentar la muerte como separación de alma y cuerpo; ese lenguaje, por lo demás bastante tradicional en la Iglesia, puede convertirse en un instrumento verbal indispensable para anunciar, en la predicación, la fe cristiana en la supervivencia del yo después de la muerte. Precisamente en cuanto “alma”, apertura a Dios Creador y Salvador, el hombre es inmortal, capaz de acoger el don de la vida divina. Pero esto no debe llevar a la conclusión de que la muerte sea un fenómeno puramente biológico que se refiera sólo al cuerpo, sin tocar para nada al alma. Todo el hombre, en las dimensiones del alma y del cuerpo, está manchado por el pecado; todo el hombre, alma y cuerpo, ha sido redimido por la muerte de Jesucristo.
La Biblia (Sagrada Escritura y Palabra de Dios) no quiere asustar con el pensamiento de la muerte ni inspirar un miedo saludable con sus relatos: tampoco quiere banalizar la muerte, despojándola de su terrible seriedad. Siguiendo la Palabra de Dios, se aprende sobre todo a no manipular la muerte, a mirarla y considerarla por lo que es. Sería un grave error comprender la fe bíblica como un ars moriendi, como un ejercicio sobre el modo de morir. El creyente no es un artista del morir: el ars moriendi es un juego fútil para afirmarse a sí mismo incluso en la muerte. El creyente acepta la vida de las manos de Dios, como don de su amor, y acepta el deber y poder morir con la misma confiada esperanza en Aquél que le concedió poder vivir. Y la medida de la fe no depende del miedo o no miedo de la muerte, porque en este caso el miedo no es vileza, sino horror de lo que es extraño a Dios mismo por ser negación de toda relación. Por eso toda la vida del creyente es un no a la muerte, una aceptación de la vida, a fin de vencer, con Cristo, incluso la muerte.

CAMPAÑA DE MANOS UNIDAS 2017

NUESTRA COOPERACIÓN O COLABORACIÓN PARROQUIAL
CON LA CAMPAÑA DE MANOS UNIDAS 2017

En este mediados de febrero de 2017, colaboramos enviando colecta a Manos Unidas, en uno de sus proyectos, el de traída o acarreo de agua por gravedad del que se beneficia una población necesitada de la diócesis de Njonbe, Kifanya, en la región montañosa de Ludewa, en Tanzania Oriental. Al frente del proyecto está Fr. Damas Mahali y su presupuesto es de 55.199 euros. Se agradece la colaboración.
La población de Kifanya está formada principalmente por campesinos que practican una agricultura de subsistencia. La falta de agua potable en el pueblo supone que abundan las enfermedades derivadas del consumo de agua contaminada. Las mujeres y niños recorren largas distancias para acceder a los manantiales de montaña donde bebe también el ganado. Hay un grado alto de analfabetismo. Pertenecen al grupo étnico denominado Bena y viven en paz, siendo agradables y de buena armonía.
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(14 de febrero de 2017)

LA MUERTE DE JESÚS (II)

(Cf. Catecismo, 612 ss.)

Consideremos a Jesús frente a su propia muerte, teniendo en cuenta que los Evangelios no son una biografía de Jesús, pero permiten una reconstrucción de su experiencia frente a la muerte. La muerte de Jesús fue un acontecimiento único e incomparable; irrepetible, pero auténticamente humano. ¿Cómo vivió Jesús su propia muerte?
Ante la muerte, vislumbrada ya como inminente, Jesús se siente aterrorizado y asustado; exclama: “Me muero de tristeza” (Mc 14, 33-34). Esta expresión es una cita del Salmo 42, 6; con ella Jesús “asume la experiencia de los angustiados del Antiguo Testamento, que a su vez prestaban su voz a los diversos aspectos de la angustia humana” (P. Grelot). Jesús no tiene ni el aliento ni el apoyo de los amigos; no tiene el consuelo de la fidelidad de los discípulos, puesto que “todos lo abandonaron y huyeron” (Mc 14, 50). También en la cruz Jesucristo manifiesta su angustia: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Sin embargo, él se abandona con amor filial a la voluntad misericordiosa del Padre: “¡Abba, Padre!, todo te es posible; aparta de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14, 35; cf. Lc 22, 42; Mt 26, 39).
San Lucas desarrolla sobre todo la entrega de Jesús al Padre y parece atenuar la angustia de Jesús, que en la cruz grita con voz fuerte: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. El abandono confiado en las manos del Padre tiene los rasgos característicos de la fe bíblica, y Jesús muere como el justo creyente: “El oficial, al ver lo que había ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: ‘Verdaderamente, este hombre era justo’” (Lc 23, 47). Jesús entra en las tinieblas de la muerte no con la luz de una revelación particular, sino con la fe y el abandono filial al Padre. También para él la muerte es una noche oscura, pero no sin esperanza.
La carta a los Hebreos es el único escrito del Nuevo Testamento, fuera de los Evangelios, que ha meditado sobre la angustia de Jesús frente a la muerte (cf. Heb 5, 7-9). Jesús se hizo totalmente solidario con la condición humana; sufriendo, aprendió la obediencia, haciéndose autor y consumador de la fe (Heb 12, 2).
Los Evangelios refieren también tres anuncios anticipados con los que Jesús predijo su muerte (Mc 8, 31-32; 9, 31; 10,32-34 y par), además de una alusión (Mc 9, 9-10, 7) y de la parábola de los viñadores homicidas (Mc 12, 1-12). Estos textos fueron redactados después de la resurrección de Jesús; sin embargo, parece innegable que Jesús previó cada vez con mayor claridad, sobre todo después del fracaso de su misión en Galilea, su destino de muerte violenta.
Pero la oscuridad del futuro y de su propia muerte forma parte de la experiencia humana de Jesús, el cual sabe, incluso antes de morir, que no se verá olvidado del Padre, ni siquiera en la hora del abandono. Ciertamente Jesús no previó su muerte, contemplándola previamente como en un filme.muerte-jesus
¿Cómo entendió Jesús su muerte? Jesús previó su muerte violenta por las reacciones que desencadenaba su persona, y la aceptó con el abandono confiado y obediente al Padre, sin que esto le impidiera probar la angustia y el sufrimiento, la oscuridad y la desolación. Ciertamente, Jesús comprendió su muerte tomando como base la misión que él sabía que tenía y el sentido que había dado a su existencia. Pues bien, Jesús había vivido para anunciar el Reino de Dios, para dar su propia vida por amor a los demás en obediencia al Padre. Él resume así su existencia: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). Su vida fue y se comprendió como pro-existencia, como entrega de amor. Aunque probablemente Jesús no utilizó un lenguaje sacrificial, el don consciente de sí mismo por los demás, en la obediencia al Padre, llevaba consigo cierta conciencia del significado salvífico de su propia existencia.
Al ver perfilarse ante él su destino de muerte violenta, Jesús lo reconoció como voluntad del Padre y entendió también su propia muerte, lo mismo que su vida, como total entrega de sí por la vida de los demás, y al mismo tiempo como cumplimiento real de su misión de representante absoluto del Padre.
Esta comprensión de su muerte puede reflejarse en las palabras de Mc 10, 45: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos” (cf. Mt 20, 28; Lc 22, 24-27). El don de sí, que es la sustancia de la vida de Jesús y que lo conducirá a la muerte, es la realización del servicio que Jesús rinde a los hombres. La alusión al Siervo de Yahvé parece clara (cf. Is 53, 12), aunque esta re-ferencia al texto profético podría ser fruto de una explicitación de la tradición evangélica, a fin de evidenciar el significado salvífico de la muerte de Jesús.
Otra serie decisiva de textos son las palabras de Jesús en la última Cena sobre el don de sí, de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada por todos (cf. Mc 14, 22-24 y par; cf. 1 Cor 11, 24-25). Y el don de sí mismo se relaciona aquí con la conclusión de la nueva alianza, es decir, deja entrever la intención de vivir su propia muerte en la perspectiva de establecer una solidaridad absoluta con sus discípulos.
Como se deduce del tema de la “hora” (según San Juan), la existencia y la misión de Jesús se desarrolló no en la perspectiva de una duración ilimitada, sino como “camino” hacia un momento final y culminante. Poco a poco Jesús comprendió que el momento final –su “hora”– era el de la muerte violenta. Y en ella comprendió que se realizaba el plan del Padre para la salvación del mundo.cristo-murio
Apartado especial podemos considerar también en torno a la muerte de Jesús según San Pablo. Resumimos, sin ser exhaustivos, que la muerte de Jesús, para este apóstol, se mostraba como escándalo para los judíos (1 Cor 1, 23). Pablo sintió el horror típicamente judío ante el “maldito que está colgado de un madero” (Gál 3,13). Su celo judío contra los cristianos, como vemos en el libro de los Hechos, era expresión de este horror. Pero después del encuentro y su experiencia con Cristo resucitado, en el camino de Damasco, Pablo hace de la cruz el centro de su predicación: “Nosotros anunciamos a Cristo crucificado” (l Cor 1, 23; 2, 2; 2 Cor 3, 4; Gál 3, 1; 6, 14; Fil 2, 1). Pablo llegó a ver en la muerte de Jesús incluso el acontecimiento salvífico definitivo.

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(11 de febrero de 2017)

LA MUERTE DE JESÚS (I)

(Cf. Catecismo, 612 ss.)

Del misterio de la muerte de Jesús escribe así Carlo M. Martini (1986): El Evangelio eclesial de San Mateo, Bogotá, Paulinas, 197 ss.:

He aquí la muerte de Dios por amor del hombre que lo rechaza. Dios va hasta el fondo con su ofrecimiento, y al ver rechazada su oferta, este ir hasta el fondo supone la muerte. Aquí cesa cualquier palabra, porque ¿qué sabemos nosotros de la muerte de Dios en Jesús? ¡Nada! Como tampoco sabemos nada de ninguna muerte.
La muerte es el momento de la incomunicabilidad absoluta y, a medida que la persona se acerca a la muerte, nosotros sabemos siempre menos de lo que está sucediendo. Imaginamos, suponemos, pero cada vez más entendemos menos, y se entra en la absoluta incomunicabilidad, en la absoluta incapacidad de dar o de recibir.
Toda muerte tiene este signo de misterio absoluto, del que nacen luego los usos, las costumbres de los hombres, nuestro modo de reaccionar ante la muerte de los otros o ante la muerte que nos toca. ¿No nos ha sucedido acaso a cada uno de nosotros, cuando sentimos alguna muerte grave, que nos toca de cerca, ver cómo los otros, prácticamente, tienen casi miedo de nosotros, pasan cerca y dicen una palabra de condolencia siempre la misma y luego se van, pronto, aprisa, porque no saben qué más hacer?
Ninguno de nosotros sabe cómo comportarse en estas circunstancias; solamente una grande amistad, una grande confianza puede permitir que entremos un poco más en estas cosas, pero generalmente se tiene miedo, se dicen palabras de conveniencia que hay que decir, que se cree conviene decir en ese momento, pero luego todos se sienten un poco impactados, incómodos por esta experiencia incomunicable. Se deja que pase
un poco de tiempo, que la cosa se olvide, porque no se puede vivir con este misterio de incomunicabilidad.
Ahora bien, si no se puede comprender la muerte del hombre, ¿cómo podremos comprender la muerte de Jesús y el misterio que ella encierra? Esta muerte, que, como expresa el teólogo Urs Von Balthasar, tiene de por sí carácter de algo definitivo, no
es un experimento que Jesús hace de entrar en la muerte para luego volver a salir, como uno que se echa por debajo del agua y luego sale. Es un dejarse caer en el mar de la muerte y, por tanto, es un terminar como tal, [un se acabó]; sólo el poder de Dios puede hacer lo que es absurdo para el hombre, es decir, hacer salir de este mar.
Pero cuando Jesús muere, muere como cualquier otra persona, para siempre, definitivamente, se deja tragar por este mar de los Infiernos. No decimos acaso en el Credo: ¿bajó o descendió a los Infiernos? No sabemos bien qué quiera decir exactamente, pero detrás está esta experiencia absoluta, irrepetible, incomunicable, como experiencia de la no experiencia, del fin, que no podemos comparar con nada, sino por analogía.
Cuando abandonamos un lugar que nos es querido y sentimos que no vamos a volver, palpamos la separación: en efecto, se dice que “partir es un morir”, precisamente porque sentimos que hay una cesación. Pero inmediatamente nos consolamos con otras
cosas que son presentes y, por tanto, se trata siempre de una analogía lejana. Ninguno de nosotros puede decir qué es la experiencia como cesación de toda experiencia.

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(Martes 7 de febrero de 2017)

ANTICIPO Y MEMORIAL

Jesús anticipó en su última Cena Pascual la ofrenda libre de su vida. Así se dice y encabeza en el Catecismo la parte de la Pasión de Cristo que se expone en los números 610 y 611, de los que hoy tratamos.
En primer lugar, he aquí los mencionados números, a los que damos lectura:

610.- Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf. Mt 26, 20), en “la noche en que fue entregado” (1 Cor 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Cor 5, 7), por la salvación de los hombres: “Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19). “Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

611.- La Eucaristía que instituyó en este momento será el “memorial” (1 Cor 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los Apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: “Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad” (Jn 17, 19; cf. Concilio de Trento: DS, 1752; 1764).

En estos dos puntos se unen el sacrificio de la ofrenda libre de Jesucristo y la institución del sacerdocio cristiano.
Jesús utilizó la palabra cáliz o copa en diversas ocasiones antes de llegar a la institución de la Eucaristía.
En el Antiguo Testamento la palabra cáliz o copa encontramos que en ocasiones tiene el sentido de ofrenda de acción de gracias (Salmo 116, 13): “Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor”; en sentido festivo (Salmo 16, 5): “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”; expresando el cáliz del dolor (Salmo 75, 9): “El Señor tiene una copa en la mano, un vaso lleno de vino drogado: lo da a beber hasta las heces a todos los malvados de la tierra”, siendo también, pues, el cáliz de la ira de Yahvé (Is 51, 17-22), llamando a despertar a Jerusalén: “Tú, que hs bebido de mano de Yahvé la copa de su ira; tú, que has bebido hasta las heces el cáliz del vértigo…”.
Jesús se refiere al cáliz en el sentido misterioso del peso, de la amargura de todos los pecados de la humanidad. Jesús bebe el cáliz en calidad de inocente transformando el castigo que era para nosotros o que nosotros merecimos en bebida de salvación para nosotros. En  1 Cor 11, 23-25, leemos: “El Señor Jesús, la noche en que era entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía’. Del mismo modo, tomó el cáliz después de cenar y dijo: ‘Esta copa es la nueva Alianza en mi Sangre. Siempre que la bebáis, hacedlo en memoria mía”.
Queda patente en la última Cena Pascual de Jesús con los suyos el carácter o aspecto sacrificial propio, cuando habla de “mi Cuerpo, que se entrega por vosotros”. Jesús ofrece su cuerpo como sacrificio para alimento y vida del mundo.
La imagen de un pelícano que vemos en algunos sagrarios indica que dicho animal, en tiempo de escasez de alimentos, picotea su pecho para arrancarse carne y sangrar para alimentar a sus polluelos. Este sentido sacrificial de alimento es el que utiliza San Juan (6, 51): “El que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Jesús se sacrifica y se nos da como alimento; es la Eucaristía alimentando nuestras almas.
Es importante entender que el Antiguo Testamento se refiera a la sangre como siendo el alma de la carne. Así tenemos en Levítico 17, 11: “Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras vidas, pues la expiación por la vida se hace con la sangre”.
Al instituir la Eucaristía, Jesús utiliza los conceptos del Antiguo Testamento, pero los supera. Si los antiguos creían que la sangre era como el alma de la carne, uno entiende que al recibir la carne y la sangre, al recibir la Eucaristía está recibiendo la vida de Jesucristo porque la sangre es como el alma o la vida entera de esa persona, la del Muerto sacrificado libremente, en obediencia al Padre, y Resucitado gloriosamente.
Como sabemos, hay un tipo de gente, que entiende de un modo literal el precepto del Levítico, negándose, por tanto, a las trasfusiones de sangre, malinterpretando el texto. Nosotros sabemos que el Antiguo Testamento la Antigua Alianza alcanza su sentido en Jesucristo. Hay una Comunión efectiva entre Cristo y quienes comulgan su Cuerpo y su Sangre, sin nada de antropofagia y sin que se puedan concebir asuntos físicamente extraños o raros.
Sabemos que el sacramento de la Eucaristía consiste en la transubstanciación del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre, renovando como memorial el sacrificio de Jesucristo en la cruz. Sabemos que el sacramento de la Eucaristía fue instituido por Jesús, como anticipo y memorial de su pasión, en su última Cena Pascual, cuando también instituyó sacerdotes de la nueva Alianza a sus apóstoles.
Y no podemos olvidar el aspecto pascual del memorial, el “haced esto en memoria mía” que evoca la prescripción que ya existía de comer el cordero pascual en recuerdo de la liberación de Egipto (Ex 12, 14): “Éste será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor de Yahvé de generación en generación, decretaréis que sea fiesta para siempre”. Igual que a Israel se le había mandado guardar con esmero el recuerdo de la liberación de Egipto, cuando aquel cordero había sido sacrificado y cuya sangre se había untado en el dintel de las puertas, siendo una sangre liberadora, pues ahora a la Iglesia, nuevo Israel para todos los pueblos, se le manda guardar memoria y hacer presente el sacrificio de un Cordero único cuya sangre derramada nos libera del pecado.
Hay que entender también, por tanto, que Jesús se presenta como la nueva Alianza. En el monte Sinaí hizo Yahvé, por Moisés, una Alianza con su pueblo, comprometiéndose éste al cumplimiento y vivencia de los mandamientos. Fue una Alianza sellada como tal, según leemos en Éxodo 24, 6-8, ritualmente con sangre animal: “Moisés tomó la mitad de la sangre y la puso en unos recipientes, derramando la otra mitad sobre el altar. Luego tomó el documento de la Alianza y lo leyó delante del pueblo, el cual exclamó: ‘Estamos resueltos a obedecer y a poner en práctica todo lo que Yahvé ha dicho’. Entonces Moisés tomó la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: ‘Esta es la sangre de la Alianza que ahora el Señor hace con vosotros según establecen estas cláusulas”. Moisés ofreció la sangre a Dios poniéndola en unas vasijas y la otra parte la entendieron como que era Dios la que se la ofrecía a ellos y la derramaron sobre ellos. Eso mismo hace Jesús, viniendo a ser, por una parte, la sangre de Dios que se derrama sobre nosotros y nos purifica, y por otra parte queda representada la sangre de los hombres que se ofrece a Dios en sacrificio como expiación. Por eso Jesús personifica la nueva Alianza, porque Jesús es el mediador, uniéndose en él Dios y el hombre, permitiéndose que se lleve a cabo el don de ofrecimiento de Dios a los hombres y del hombre a Dios, concurriendo las dos cosas en Jesús. En el Antiguo Testamento el sacrificio tiene una sola dirección ascendente, consistiendo en una ofrenda hecha del hombre a Dios, intentando el hombre hacerse propicio a Dios y alcanzar su favor; ahora, sin embargo, por Cristo, el sacrificio se vuelve también en una dirección descendente, de Dios a los hombres. El sacrificio es descendente por la Encarnación de Jesús, el Verbo, y es ascendente o del hombre a Dios por la muerte de Jesús en la cruz, porque en la Pasión de Cristo, asumiendo él todos los sufrimientos de la humanidad, son esos sufrimientos los que se ofrecen por él al Padre.
Para entender las palabras “éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros, ésta es mi sangre que se derrama por vosotros”, habría que hacer una precisión: La carne y la sangre hacen referencia a los sacrificios del Antiguo Testamento, donde al sacrificar al animal, se recogía la sangre del animal en vasijas y se rociaba el altar o se rociaba al pueblo, y la carne resultaba comida o quemada. El pueblo de Israel una y otra vez estaba ofreciendo la carne y la sangre de los animales irracionales, y la propia repetición estaba dejando claro que no eran efectivos. Cristo remarca la palabra carne y sangre para expresar a los que le escuchaban que él se constituía en el verdadero sacrificio ofrecido a Dios y que los sacrificios del Antiguo Testamento habían sido ineficaces. Cristo quería dar a entender que estaba entroncando con todo el deseo del Antiguo Testamento, deseo de purificación a través de un sacrificio, deseo que había sido ineficaz porque la sangre y la carne de aquellos animales no era purificatoria; porque era un don ascendente del hombre a Dios, no era un don descendente de Dios a nosotros; y hasta que Dios mismo no nos dio a su Hijo rociándonos con su sangre, ese sacrificio ascendente no tenía más significado que el de ser la expresión de una buena voluntad por parte del hombre buscando ser purificado.
Una de las pruebas más evidentes de que Cristo entrega su vida voluntariamente es que ya la entregó en la víspera de su Pasión, cuando su última Cena Pascual. Anticipó sacramentalmente su entrega total a la condena que formularan luego el Sanedrín judío y Poncio Pilatos. La entrega fue anticipo y memorial.    

Encuentro Parroquial

LA MUERTE REDENTORA DE JESÚS

(Encuentro Parroquial del 4 de febrero)

Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre. Así se encabeza la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica en su número 609, que puede leerse. La Redención alcanza a toda la humanidad.
Cristo murió por todos, no sólo por algunos. Esto significa que la Redención efectuada por Jesucristo es comunicable a todos sin excepción, de modo que cualquier hombre (y mujer), aceptando y cumpliendo la voluntad de Dios, puede aprovechar para sí los frutos de esa Redención en cuanto objetiva y universal.
La Sagrada Escritura muestra claramente esta realidad en multitud de pasajes.  Entre otros muchos, estos dos: Cristo “se dio a sí mismo en precio del rescate por todos” (1 Tim 2, 6); “Él es propiciación por nuestros pecados; Y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn 2, 2).
La Iglesia enseña que Dios Padre envió a su Hijo Jesucristo a los hombres para dar a todos su redención y su gracia, para que todos recibieran el ser hijos por adopción divina.
Contemplar la redención supone contemplar también el pecado del que hemos sido redimidos. Pecado y redención vienen a ser respectivamente como sombra y luz en la vida humana. Como enseña San Pablo: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios. Éstos son justificados por Él gratuitamente, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús” (Rom 3, 23-24).
El Concilio Vaticano II, en su decreto Ad gentes, nº 8 (sobre la actividad misionera de la Iglesia), nos enseña que “nadie por sí y sus propias fuerzas se libra del pecado, ni se eleva sobre sí mismo; nadie se ve enteramente libre de su debilidad, de su soledad y de su servidumbre, sino que todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, liberador, salvador y vivificador”. Así pues, Es Cristo quien, con su muerte y su resurrección, nos libera del pecado y nos reconcilia con Dios.
Según los protestantes, la satisfacción de la Cruz es simplemente penal, no verdaderamente sacrificial, de modo que Jesucristo ha sido castigado, no más; ha sufrido la pena, por nuestros pecados, pero no nos los ha quitado. De todo esto, concluye la Reforma, desde Lutero, que la Santa Misa no es tampoco un sacrificio.
Pero Cristo Redentor, Jesús sacrificado en el Calvario, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Éste es el aspecto de la Pasión que consideramos hoy.
El Concilio de Trento (1546-1563) reafirmó la doctrina de la Iglesia desde la Tradición que todos hemos de seguir como católicos. Para comprender mejor la fe de la Iglesia, que cree que la muerte de Jesucristo en la Cruz es un verdadero sacrificio, hemos de saber por qué la muerte de Jesús en la Cruz cumple con todos los requisitos del sacrificio y de qué modo el sacrificio de Jesús realizó la Redención del género humano.
El Magisterio de la Iglesia, frente a Lutero, es muy explícito al enseñar el carácter de sacrificio de la muerte de Jesús en la Cruz. El Concilio de Trento definió que “este Dios y Señor Nuestro Jesucristo quiso ofrecerse a sí mismo a Dios Padre como sacrificio presentado sobre el ara de la Cruz en su muerte para conseguir para los hombres el eterno rescate” (DS 1740).
Podríamos extendernos mucho más al respecto, pero nos falta espacio, el que nos repartimos en este Boletín (Redención y Esperanza 2017). Léase, como señalábamos al principio de este breve escrito, el número 609 del actual y vigente Catecismo de la Iglesia Católica. Y no olvidemos el importantísimo e imprescindible aspecto o dimensión sacrificial de la Santa Misa, aunque dicho aspecto –verdaderamente de Redención– no sea el absolutamente exclusivo. Seguiremos desentrañando más aspectos al respecto.

Encuentro Parroquial

ENCUENTRO PARROQUIAL
31 de enero

El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo
(Catecismo, nº 608)

Vamos considerando en nuestros encuentros parroquiales los temas o puntos que dedica el Catecismo de la Iglesia Católica a la Pasión de Cristo. Concretamente vamos por el número 608 en este encuentro de hoy, encuentro que vamos a tener justo fijándonos en el Sagrario de nuestra Parroquia, en cuya puertecita hay precisamente tallado un Cordero, representativo de Cristo. Lo mismo podemos ver también en una palia que usamos en la Misa.

A continuación damos lectura al mencionado número 608 del Catecismo, hecho lo cual compartimos entre todos, de modo reverente y como adoración, esta meditación, recordando Gn 22, 1-18, el relato de Abraham e Isaac, su sacrificio, que nos recuerda también el de Abel:

Tal vez recién nacido ya tuvo Jesús ante sí algún que otro cordero, cuando los pastores de Belén fueron a adorarle, encontrándose con él como nosotros nos encontramos ahora, como sus ovejas ante el Sagrario, como igualmente se encontraron también los Magos.
Estamos ante Jesús (Sacramentado) en medio nuestro, y porque estamos reunidos en su nombre. La Iglesia no se cansa de contemplar y adorar a Jesucristo, reconociéndolo y celebrándolo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como el Ungido por el Espíritu Santo, como el Hijo de Dios, el Señor mío y Dios mío, como dijo Tomás (Jn 20, 28).
Fue en primer lugar San Juan Bautista quien presentó a Jesús nombrándolo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La Iglesia (nosotros en ella) se parece y ha de parecerse a Juan: hombre atento, expectante, descubriendo a Jesús “que viene hacia él” (Jn 1, 29), dando testimonio de Él con su predicación, con el bautismo de conversión, con la disposición a dar la vida, con el martirio, pues, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, prefigurado también por Juan el Bautista, es El Mártir que nos salva, el Cordero Pascual, el que contempla y celebra la Iglesia en el Triduo Pascual. 
“Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). El Señor  viene como “Luz de las naciones”, para que la salvación de Dios alcance “hasta el confín de la tierra” (cf. Is 49, 6). Viene para arrancar, quitar, erradicar, extirpar “el pecado del mundo”, la mundanidad ajena o enemiga de Dios; ajena y enemiga de la felicidad que anhela el hombre; ajena y enemiga de la Verdad. Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).
Tener ante nosotros a Cristo (presencia real de Jesús Sacramentado) supone también tener ante nosotros nuestro pecado, la presencia real y la universalidad del pecado, la historia de pecado que es la historia de la humanidad. Aquí está el pecado del mundo y aquí está el que quita el pecado del mundo. Desconocerlo supone carecer de visión, andar en tinieblas. ¡Es fatal no ver la realidad! Veamos: el mundo en su conjunto tiene una condición pecadora, se arrastra bajo el peso del pecado, como Jesús se vio arrastrado por el peso de la cruz o como Él arrastró la cruz.
Las cosas pesan porque existe la ley de la gravedad, una ley que nadie puede con-trarrestar. Pero Cristo sí puede contrarrestar el peso del pecado y la ley que nos inflige la muerte. ¡Su gracia vence! ¡Cristo vence y rompe tu bloqueo de amor, tu muerte, todo aquello que frustra tu felicidad y la de cuantos te rodean!
Reconócelo hoy: Nuestra misma naturaleza es una naturaleza herida, inclinada al mal. Aquel cierto dominio que pareció adquirir sobre nosotros el diablo, la serpiente primordial, cuando el episodio del paraíso terrenal (que no es arqueología mítica sino existencia nuestra, en nosotros). Se nos reitera una y otra vez, experimentamos que el mal nos domina, nos vemos incapacitados para obrar el bien que quisiéramos.
Consideremos ahora Rom 7, 14-25:
Sabemos, en efecto, que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, debo reconocer que la ley es buena. Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí, porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí.
De esa manera, vengo a descubrir esta ley: queriendo hacer el bien, se me presenta el mal. Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la ley de Dios, pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón y me ata a la ley del pecado que está en mis miembros.
¡Ay de mí! ¿Quién podrá librarme de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor! En una palabra, con mi razón sirvo a la ley de Dios, pero con mi carne sirvo a la ley del pecado.
La Carta a los Romanos prosigue en el capítulo 8 por la vida en el Espíritu, texto que tendríamos que continuar en nuestra lectura y meditación. Invitamos a hacerlo.
Pero veamos aquí y ahora, ante Jesús Sacramentado, su gracia y nuestro pecado que se quita por su gracia: nos quita el pecado del mundo y nos da su vida, la del Espíritu: En la cruz, “cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19, 30).
¿Acaso no se refleja el pecado del mundo y el poder del diablo en la presencia amenazante del mal? ¿Cómo no ver ese poder en el desprecio de la vida de los inocentes, de los no nacidos y abortados, de la injusticia ante muchos que mueran de hambre, en los faltos de libertad, en los descartados de la sociedad, en las víctimas de la guerra o la crueldad, en cuantos sufren los efectos de la corrupción, etc.?
Este es el fondo y el trasfondo del pecado del mundo que quita el Cordero de Dios. La Iglesia, como el Bautista, ve en él al Siervo de Yahvé, el Varón de Dolores, que se deja contar entre los pecadores y carga con el pecado de las multitudes, y al Cordero Pascual que da su vida en rescate por muchos. De nuevo nos recordamos los textos del Santo Triduo Pascual, y nos emplazamos con vehemencia a celebrarlo en la mejor asistencia y participación.
Jesucristo Resucitado y Sacramentado es el que murió Crucificado: como Cordero a sacrificar, se dejó llevar en silencio al degüello, aceptando en obediencia su propia muerte violenta, en entrega amorosa y redentora. Es en la Cruz donde el Cordero de Dios quitó el pecado del mundo, donde con su expiación reparó nuestras faltas y satisfizo por nuestros pecados. Si el peso del mal no nos hunde es porque sobre el mundo se ha derramado la Sangre del Cordero, la Preciosísima Sangre del Redentor. Es su Pasión la que nos redime. Es su Muerte la que nos da vida. Es su Pascua la que infunde en nosotros la esperanza.
”Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Así lo dice el testimonio del Bautista y el testimonio de la Iglesia. Separados de Jesucristo no hay salvación. El mundo no se salva a sí mismo, ni por estrategias o esfuerzos propios; y el hombre no se salva a sí mismo. La Iglesia no puede silenciar este anuncio, puede dejar de testimoniar que sólo Él arranca y erradica el pecado del no mundo. La Iglesia tampoco salva, pero es Sacramento de Salvación para todos los pueblos y naciones; a través del signo ambiguo y eficaz de su presencia en la historia, por la sacramentalidad de la Iglesia y en la Iglesia sigue el Señor salvando hoy, y por siempre, a los marcados y redimidos por su Sangre derramada.
La Eucaristía nos marca con la Sangre del Cordero “inmolado y de pie ante el Trono de Dios” (Ap 5, 6). En el Altar, en la Santa Misa, se hace presente el Sacrificio que devuelve al hombre la Comunión con Dios, por la Sangre derramada por muchos para la remisión de los pecados. Como Juan, como la Iglesia en su Liturgia, como el Centurión que acudió a Jesús, también nosotros decimos: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la Cena del Señor. Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. 
Cabe pensar y predicar que, si la Pasión de Cristo no nos lleva a la Eucaristía, a Misa, no nos aprovecha de nada.

cordero

Encuentro Parroquial

ENCUENTRO PARROQUIAL
28 de enero de 2017

LAS SIETE PALABRAS DE JESUS CRUCIFICADO

Tuvimos en nuestro anterior encuentro parroquial (23 de enero) catequesis sobre los números 606-607 del Catecismo: “Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre”.
Después (sábado 28 de enero), ante la sagrada imagen del Cristo de la Vera Cruz, con participación y testimonio de la Hermandad, se ha hecho oración siguiendo las conocidas “Siete Palabras de Jesús Crucificado”.

Oración de inicio

Señor Jesús crucificado; te hablo humildemente, en la presencia de Nuestra Bendita Madre María. Reconozco que tú sufriste mucho por mí y por todos, y que estamos endeudados contigo para siempre. Señor; aprecio mucho tus sufrimientos por mí y por el resto de la humanidad.
Te agradezco el haberme salvado a través de tu dolor aplastante, a través de tus tantas heridas, a través de tu extremo cansancio y agonía y a través de tu Preciosa Sangre derramada con tanto dolor y amor por nosotros; a través de tu dificultad para respirar, a través de tu sudor y lagrimas, a través de tu paciencia misericordiosa, a través de cada esfuerzo que tú hiciste y a través de tu ofrecimiento total por mis pecados y por los pecados del mundo entero.
Señor, a veces me quejo cuando tengo un pequeño infortunio, o una herida o cuando estoy enfermo o cansado, o rechazado, o despreciado o condenado. Pero tu cuerpo entero fue cubierto con heridas dolorosas; fuiste perforado con dolor por la corona de espinas, tú fuiste despojado de tu carne con la flagelación, fuiste insultado con terribles blasfemias, fuiste escupido, fuiste humillado, fuiste infligido nuevamente con heridas sobre tu herido hombro por el peso aplastante de la cruz, tú fuiste herido nuevamente sobre tus heridas por el despojo brutal de tus vestiduras, fuiste perforado dolorosamente por lo clavos en la cruz, fuiste colgado sobre la cruz para sangrar dolorosamente hasta tu muerte, sufriste asfixia a medida que te resultaba más doloroso respirar, pero tu agonía física no se comparaba con tu agonía espiritual porque Tú eres Dios, y tu alma santa sufrió con pena mientras tu entregabas tu vida a cambio de nuestra vida eterna.
Tú viste la ingratitud de los hombres por tu gran sacrificio, y sufriste por el orgullo de nuestros pecados, por la agresividad de los que tú creaste con tanto amor, por el odio de los hombres que reciben siempre todo tu amor si tan solo vienen a ti.
Mi Señor Jesús crucificado, vengo humildemente ante ti, eterna fuente de sanación y de vida, Poderosa fuente de nuestra Resurrección, alimento para nuestras almas en la Sagrada Eucaristía, refugio eterno de la Luz Divina, puerta a la Majestad y Gloria del Padre y de nuestra única esperanza y salvación.
Divino Señor Misericordioso, ruego y suplico a nombre de toda la humanidad por tu misericordia y compasión, por tu sanación y bendiciones y por tu Salvación. Amén.

Primera Palabra

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34)

Aunque he sido tu enemigo,
mi Jesús: como confieso,
ruega por mí: que, con eso,
seguro el perdón consigo.

Cuando loco te ofendí,
no supe lo que yo hacía:
sé, Jesús, del alma mía
y ruega al Padre por mí.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la cruz para pagar con tu sacrificio la deuda de mis pecados, y abriste tus divinos labios para alcanzarme el perdón de la divina justicia: ten misericordia de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando me halle en igual caso: y por los méritos de tu preciosísima Sangre derramada para mi salvación, dame un dolor tan intenso de mis pecados, que expire con él en el regazo de tu infinita misericordia.

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Segunda palabra

“Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43)

Vuelto hacia Ti el Buen Ladrón
con fe te implora tu piedad:
yo también de mi maldad
te pido, Señor, perdón.

Si al ladrón arrepentido
das un lugar en el Cielo,
yo también, ya sin recelo
la salvación hoy te pido.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y con tanta generosidad correspondiste a la fe del buen ladrón, cuando en medio de tu humillación redentora te reconoció por Hijo de Dios, hasta llegar a asegurarle que aquel mismo día estaría contigo en el Paraíso: ten piedad de todos los hombres que están para morir, y de mí cuando me encuentre en el mismo trance: y por los méritos de tu sangre preciosísima, aviva en mí un espíritu de fe tan firme y tan constante que no vacile ante las sugestiones del enemigo, me entregue a tu empresa redentora del mundo y pueda alcanzar lleno de méritos el premio de tu eterna compañía.

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Tercera palabra

“He aquí a tu hijo, he aquí a tu Madre” (Jn 19, 26)

Jesús en su testamento
a su Madre Virgen da:
¿y comprender quién podrá
de María el sentimiento?

Hijo tuyo quiero ser,
sé Tú mi Madre Señora:
que mi alma desde a ahora 
con tu amor va a florecer.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y , olvidándome de tus tormentos, me dejaste con amor y comprensión a tu Madre dolorosa, para que en su compañía acudiera yo siempre a Ti con mayor confianza: ten misericordia de todos los hombres que luchan con las agonías y congojas de la muerte, y de mí cuando me vea en igual momento; y por el eterno martirio de tu madre amantísima, aviva en mi corazón una firme esperanza en los méritos infinitos de tu preciosísima sangre, hasta superar así los riesgos de la eterna condenación, tantas veces merecida por mis pecados.

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Cuarta palabra

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)

Desamparado se ve
de su Padre el Hijo amado,
maldito siempre el pecado
que de esto la causa fue.

Quién quisiera consolar
a Jesús en su dolor,
diga en el alma: Señor,
me pesa: no más pecar.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y tormento tras tormento, además de tantos dolores en el cuerpo, sufriste con invencible paciencia la más profunda aflicción interior, el abandono de tu eterno Padre; ten piedad de todos los hombres que están agonizando, y de mí cuando me halle también en la agonía; y por los méritos de tu preciosísima sangre, concédeme que sufra con paciencia todos los sufrimientos, soledades y contradicciones de una vida en tu servicio, entre mis hermanos de todo el mundo, para que siempre unido a Ti en mi combate hasta el fin, comparta contigo lo más cerca de Ti tu triunfo eterno.

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Quinta palabra

“Tengo sed” (Jn 19, 28)

Sed, dice el Señor, que tiene;
para poder mitigar 
la sed que así le hace hablar,
darle lágrimas conviene.

Hiel darle, ya se le ha visto:
la prueba, mas no la bebe:
¿Cómo quiero yo que pruebe
la hiel de mis culpas Cristo?

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y no contento con tantos oprobios y tormentos, deseaste padecer más para que todos los hombres se salven, ya que sólo así quedará saciada en tu divino Corazón la sed de almas; ten piedad de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando llegue a esa misma hora; y por los méritos de tu preciosísima sangre, concédeme tal fuego de caridad para contigo y para con tu obra redentora universal, que sólo llegue a desfallecer con el deseo de unirme a Ti por toda la eternidad.

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Sexta palabra

“Todo está consumado” (Jn 19, 30)

Con firme voz anunció
Jesús, aunque ensangrentado,
que del hombre y del pecado
la redención consumó.

Y cumplida su misión,
ya puede Cristo morir,
y abrirme su corazón
para en su pecho vivir.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y desde su altura de amor y de verdad proclamaste que ya estaba concluida la obra de la redención, para que el hombre, hijo de ira y perdición, venga a ser hijo y heredero de Dios; ten piedad de todos los hombres que están agonizando, y de mí cuando me halle en esos instantes; y por los méritos de tu preciosísima sangre, haz que en mi entrega a la obra salvadora de Dios en el mundo, cumpla mi misión sobre la tierra, y al final de mi vida, pueda hacer realidad en mí el diálogo de esta correspondencia amorosa: Tú no pudiste haber hecho más por mí; yo, aunque a distancia infinita, tampoco puede haber hecho más por ti.

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Séptima palabra

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46)

A su eterno Padre, ya
el espíritu encomienda;
si mi vida no se enmienda,
¿en qué manos parará?

En las tuyas desde ahora
mi alma pongo, Jesús mío;
guardaría allí yo confío
para mi última hora.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y aceptaste la voluntad de tu eterno Padre, resignando en sus manos tu espíritu, para inclinar después la cabeza y morir ; ten piedad de todos los hombres que sufren los dolores de la agonía, y de mí cuando llegue esa tu llamada; y por los méritos de tu preciosísima sangre concédeme que te ofrezca con amor el sacrificio de mi vida en reparación de mis pecados y faltas y una perfecta conformidad con tu divina voluntad para vivir y morir como mejor te agrade, siempre mi alma en tus manos.

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Conclusión y bendición

Padrenuestro
Salve

+
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Con la Hermandad Sacramental, de la Virgen de los Dolores, Santísimo Cristo del Amor… tuvimos, un día antes, en Exposición del Santísimo, este ejercicio piadoso de las Siete Palabras de Jesús Crucificado, que concluimos con la siguiente oración, de San Manuel González, con la que terminan las Orientaciones Pastorales de nuestra Archidiócesis para 2016-2021

MADRE, QUE NO NOS CANSEMOS

(Oración de San Manuel González)
¡Madre Inmaculada! ¡Qué no nos cansemos! ¡Madre nuestra! ¡Una petición! ¡Que no nos cansemos!
Si, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humano, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo… ¡Madre querida!… ¡Que no nos cansemos!
Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios.
¡Nada de volver la cara atrás!, ¡Nada de cruzarse de brazos!, ¡Nada de estériles lamentos! Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies, que puedan  servir para dar gloria a Él y a Ti y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos… ¡Madre mía, por última vez! ¡Morir antes que cansarnos!

Encuentro Parroquial

ECUENTRO PARROQUIAL
(21 de enero de 2017)

CREO EN JESUCRISTO: QUE MURIÓ POR NUESTROS PECADOS

Catecismo, números 601-605: Se nos habla en estos números de Jesucristo “muerto por nuestros pecados según las Escrituras”, a quien “Dios le hizo pecado por nosotros” y por quien “Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal”. Ofrecemos también a continuación las dos reflexiones siguientes:

I: Caritas. Un pueblo pobre. Cuaresma 1985

“Molido por nuestras culpas” (Is 53, 5). Triturado por nuestros pecados y Varón de dolores. Jesús de Nazaret, el Cristo, fue una víctima de entre tantas debida a la maldad humana, hombre entregado en manos de los pecadores (Mc 14, 41). Fue entregado en manos violentas de hombres pecadores, en manos mezquinas, sucias, cobardes, ambiciosas de hombres pecadores. 
Una verdadera confabulación de injusticias, violencias, mezquindades y mentiras. La máquina pecadora del mundo, “el pecado del mundo”, se puso en marcha contra el justo.
Después, el gran pecado se fue repartiendo en pequeñas partículas, sembradas en los corazones de muchos. “Aquello de que fue víctima Jesús es una acumulación de pecados más o menos vulgares: la mentira, la envidia, el odio, el miedo, el interés… Esos pecados son de todos los tiempos y esos pecadores están en todas partes” (M. Gourgues).
Quiere decir que, si Cristo naciera hoy entre nosotros, sería igualmente eliminado. Quiere decir que la culpa no es de un pueblo, sino de todos. Quiere decir que tus pecados y los míos también mataron a Jesús. Quiere decir que, cuando se ofende o se hiere o se mata a un justo de cualquier tiempo y lugar, se está matando a Cristo. Quiere decir que el pecado del mundo mata la vida y mata a Dios.
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Y, por otra parte, quiere decir que el hombre es capaz de todo: capaz de perseguir toda justicia, de machacar toda bondad, de asesinar lo más santo que se presente, capaz de crucificar el Amor.
Cristo murió por nuestros pecados, por nosotros, que somos pecadores. “Él en su persona subió nuestros pecados a la cruz, para que nosotros muramos a los pecados” (1 Pe 2, 24). Si es verdad que los pecadores mataron a Jesús, no es menos cierto que Jesús murió por los pecadores. Los pecados mataron a Jesús y Jesús mató a los pecados. Éstos fueron a la vez la causa y el fin de la muerte de Jesús: nuestros pecados lo mataron, y él murió para quitarnos el pecado.
Hay algo más que una relación externa de Jesús con los pecadores. Podemos decir que el pecado penetra en la carne de Jesús, que sintió el aguijón del pecado en su espíritu, que cargó con nuestros pecados, sufriendo sus consecuencias, que “se hizo pecado”, pero “por nosotros, para que viniéramos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5, 21).
Cargado con nuestros pecados, como los animales de la expiación. Podemos poner todos en él nuestras manos y transmitirles nuestras maldades. Un peso insoportable. “Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba” (Is 53, 4). Pero todavía tuvo fuerza para subirlos a la cruz y dejarlos allí clavados, con su carne, como precio de redención y como trofeo de gloria. Tanto se solidarizó con los pecadores que quiso quitarles su peso, soportándolo él, para que fueran liberados, “para que muramos al pecado”.
Importa ahora que no sigamos crucificando a Cristo, sino más bien que “vivamos crucificados con Cristo” (Gál 2, 19) Importa que lleguemos a ser “justicia de Dios”. Importa que seamos amor de Dios y presencia de Jesús entre los hombres de hoy.
Entre los hombres de hoy según los valores del Reino de Dios. Pero nos surge en todo ello (como ya considerábamos en la sesión del encuentro parroquial anterior) un interrogante: ¿Cómo puede el Padre querer la muerte de su Hijo? ¿Cómo puede exigir su destrucción? 
El Padre no quiere la cruz, sino el camino que ha de llevar a la cruz. No quiere la sangre, pero sí la justicia, por la que será preciso derramar la sangre. No quiere el dolor, pero sí el parto de un mundo y un hombre nuevos, que no se producirá sino con mucho dolor. No quiere la muerte, pero sí un amor sin límites que llegue hasta la muerte.
El Padre quiere que el Hijo defienda los valores de su Reinado, y esto chocará con los intereses de otros reinos.
Quiere que defienda a los pobres, aunque los ricos no se lo perdonen.
Quiere que acoja a los pecadores, aunque los profesionales de la santidad se sientan irritados y escandalizados.
Quiere que proclame una ley nueva, templo vivo, pero los “viejos” le condenarán por ello.
Así pues, la cruz no es lo directamente querido por el Padre, sino el término previsto y permitido adonde desembocaría una vida de entrega firme a su Voluntad.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Es otra dimensión de la muerte de Cristo. Él ha querido abrir sus brazos y su corazón a todos los hombres, sin distinción de clases o razas; y de tanto abrirse, sus brazos quedaron extendidos y su corazón roto para siempre.

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II: Schmaus. Teología Dogmática III. Dios Redentor (Madrid, Rialp, 1959, p. 329

Por el pecado, el hombre, en cierto modo, se condenó a sí mismo a la muerte: se hizo sepulturero de su propia existencia y del orden terreno; Dios confirmó en su juicio de maldición lo que el mismo hombre había hecho: al dejarle morir y sufrir, Dios quiso que el hombre experimentara las consecuencias de su acción.
En esto se muestra que Dios toma al hombre en serio; no le trató como a un niño que no supiera lo que hacía, sino que se enfrenta con él como con un adulto libre y responsable que tiene que cargar con las consecuencias de sus decisiones.
En la muerte de Cristo en la Cruz adquiere su máxima seriedad este modo de comportarse Dios con el hombre; Dios le deja sentir con toda intensidad lo que fue su culpa.
En la Cruz revela Dios al hombre lo que ha sido y es: un rebelde y condenado a muerte. Dios mismo da así la interpretación más auténtica del hombre.
El que entienda bien la Cruz de Cristo no puede ya equivocarse cuando piense en la situación de la Humanidad caída. Dios mismo la desautoriza con toda su terribilidad.
Esta desautorización del hombre por parte de Dios aparece con más luz en la muerte de Cristo: el Hijo del Padre Eterno es condenado a cruz y matado por el pecador.
No es que el hombre al huir de Dios se condenara a sí mismo a muerte y Dios se lo dejara ver, sino que se ha despertado en el hombre una inclinación a la muerte y a matar al rebelarse contra Dios y contra la relación con Dios, le ha nacido una tendencia a conquistar su gloria rebelándose contra Dios y matando a sus semejantes.
Esta tendencia al crimen logró su más terrible posibilidad en la muerte decretada contra el Hijo de Dios hecho hombre. El abismo del pecado alcanza ahí su última profundidad. El hombre pecador quiere matar al mismo Dios; al pecar, lo que en el fondo se quiere es dejar a Dios a un lado, cuyo dominio es insoportable.
Al enviar Dios a su propio Hijo y permitir que fuera condenado y ejecutado por los hombres, reveló la abyección del pecado y el verdadero rostro del hombre.

Encuentro Parroquial

AVISO.
EL PRÓXIMO SÁBADO 21, EL ENCUENTRO SERÁ EN LA CASA HDAD DEL ROSARIO C/ HONDILLA.
EL PRÓXIMO MARTES 24 NO HAY ENCUENTRO , PASARÁ AL LUNES 23 EN EL CONVENTO.

ENCUENTRO PARROQUIAL
Martes 17 de enero de 2017

La muerte de Jesús en el misterio del designio de Dios: ¿Por qué la cruz?

El día anterior (sábado 14 de enero) vimos los números 597-598 del Catecismo, resumidos en estos epígrafes:

Los judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús.
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Todos los pecadores [encontrándonos nosotros entre ello] fueron los autores de la Pasión de Cristo.

En el encuentro de hoy nos detendremos en los números 599-600 del Catecismo: “Jesús entregado según el preciso designio de Dios”.
Primero leemos los referidos números del Catecismo y luego ofrecemos la siguiente reflexión catequética:

1.- En la misión mesiánica de Jesús hay un punto culminante y central al que nos hemos ido acercado poco a poco en las catequesis precedentes: Cristo fue enviado por Dios al mundo para llevar a cabo la redención del hombre mediante el sacrificio de su propia vida. Este sacrificio debía tomar la forma de un “despojarse” de sí en la obediencia hasta la muerte, y muerte en la cruz: una muerte que, en opinión de sus contemporáneos, presentaba una dimensión especial de ignominia.
En toda su predicación, en todo su comportamiento, Jesús es guiado por la conciencia profunda que tiene de los designios de Dios sobre su vida y su muerte en la economía de la misión mesiánica, con la certeza de que esos designios nacen del amor eterno del Padre al mundo, muy especialmente al hombre.

2.- Si consideramos los años de la adolescencia de Jesús, dan mucho que pensar aquellas palabras del Niño dirigidas a María y a José cuando lo “encontraron” en el templo de Jerusalén: “¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?”. ¿Qué tenía en su mente y en su corazón? Podemos deducirlo de otras muchas expresiones de su pensamiento durante toda su vida pública. Desde los comienzos de su actividad mesiánica, Jesús insiste en inculcar a sus discípulos la idea de que “el Hijo del Hombre… debe sufrir mucho” (Lc 9, 22), es decir, debe ser “reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días” (Mc 8, 31). Pero todo esto no es sólo cosa de los hombres, no procede sólo de su hostilidad frente a la persona y a la enseñanza de Jesús, sino que constituye el cumplimiento de los designios eternos de Dios, como lo anunciaban las Escrituras que contenían la revelación divina. “¿Cómo está escrito del Hijo del Hombre que sufrirá mucho y que será despreciado?” (Mc 9, 12).

3.- Cuando Pedro intenta negar esta eventualidad (“…de ningún modo te sucederá esto”: Mt 16, 22), Jesús le reprocha con palabras muy severas: “¡Quítate de mi vista, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mc 8, 33). Impresiona la elocuencia de estas palabras, con las que Jesús quiere dar a entender a Pedro que oponerse al camino de la cruz significa rechazar los designios del mismo Dios. “Satanás” es precisamente el que “desde el principio” se enfrenta con “lo que es de Dios”.

4.- Así, pues, Jesús es consciente de la responsabilidad de los hombres frente a su muerte en la cruz, muerte que Él deberá afrontar debido a una condena pronunciada por tribunales terrenos; pero también es Jesús consciente de que por medio de esta condena humana se cumplirá el designio eterno de Dios: “lo que es de Dios”, es decir, el sacrificio ofrecido en la cruz por la redención del mundo. Y aunque Jesús (como el mismo Dios) no quiere el mal del “deicidio” cometido por los hombres, acepta este mal para sacar de él el bien de la salvación del mundo.

5.- Tras la resurrección, caminando hacia Emaús con dos de sus discípulos sin que éstos lo reconocieran, les explica las “Escrituras” del Antiguo Testamento en los siguientes términos: “¿No era necesario que el Cristo padeciera esto y entrara así en su gloria?” (Lc 24, 26). Y con motivo de su último encuentro con los Apóstoles declara: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí” (Lc 24, 44).

6.- A la luz de los acontecimientos pascuales, los Apóstoles comprenden lo que Jesús les había dicho anteriormente. Pedro, que por amor a su Maestro, pero también por no haber entendido las cosas, parecía oponerse de un modo especial a su destino cruel, hablando de Cristo dirá a sus oyentes de Jerusalén el día de Pentecostés: “El hombre… que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios; a ése vosotros lo matasteis clavándole en la cruz por mano de impíos” (Hech 2, 22-23). Y volverá a decir: “Dios dio cumplimiento de este modo a lo que había anunciado por boca de todos los Profetas: que su Cristo padecería” (Hech 3, 18).

7.- La pasión y la muerte de Cristo habían sido anunciadas en el Antiguo Testamento, no como final de su misión, sino como el “paso” indispensable requerido para ser exaltado por Dios. Lo dice de un modo especial el canto de Isaías, hablando del Siervo de Yahvé, como Varón de dolores: “He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera” (Is 53, 13). Y el mismo Jesús, cuando advierte que “el Hijo del Hombre… será matado”, añade que “resucitará al tercer día” (cf. Mc 8, 31).
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8.- Nos encontramos, pues, ante un designio de Dios que, aunque parezca tan evidente, considerado en el curso de los acontecimientos descritos por los Evangelios, sigue siendo un misterio que la razón humana no puede explicar de manera exhaustiva. En este espíritu, el Apóstol Pablo se expresar con aquella paradoja extraordinaria: “Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Cor 1, 25). Estas palabras de Pablo sobre la cruz o acerca de la cruz de Cristo son reveladoras. Con todo, aunque es verdad que al hombre le resulta difícil encontrar una respuesta satisfactoria a la pregunta “¿por qué la cruz de Cristo?”, la respuesta a este interrogante nos la ofrece una vez más la Palabra de Dios.

9.- Jesús mismo formula la respuesta: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3, 16). Cuando Jesús pronunciaba estas palabras en el diálogo nocturno con Nicodemo, su interlocutor no podía suponer aún probablemente que la frase “dar a su Hijo” significaba “entregarlo a la muerte en la cruz”. Pero Juan, que introduce esa frase en su Evangelio, conocía muy bien su significado. El desarrollo de los acontecimientos había demostrado que ése era exactamente el sentido de la respuesta a Nicodemo: Dios “ha dado” a su Hijo unigénito para la salvación del mundo, entregándolo a la muerte de cruz por los pecados del mundo, entregándolo por amor: ¡“Tanto amó Dios al mundo”, a la creación, al hombre! El amor sigue siendo la explicación definitiva de la redención mediante la cruz. Es la única respuesta a la pregunta “¿por qué?” a propósito de la muerte de Cristo incluida en el designio eterno de Dios.
El autor del cuarto Evangelio, donde encontramos el texto de la respuesta de Cristo a Nicodemo, volverá sobre la misma idea en una de sus Cartas: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10).

10.- Se trata de un amor que supera incluso la justicia. La justicia puede afectar y alcanzar a quien haya cometido una falta. Si el que sufre es un inocente, no se habla ya de justicia. Si un inocente que es santo, como Cristo, se entrega libremente al sufrimiento y a la muerte de cruz para realizar el designio eterno del Padre, ello significa que, en el sacrificio de su Hijo, Dios pasa en cierto sentido más allá del orden de la justicia, para revelarse en este Hijo y por medio de Él, con toda la riqueza de su misericordia. Pues viene a ser “dives in misericordia”, “rico en misericordia” (Ef 2, 4), introduciendo, junto a este Hijo crucificado y resucitado, su misericordia, su amor misericordioso, en la historia de las relaciones entre el hombre y Dios.
Precisamente a través de este amor misericordioso, el hombre es llamado a vencer el mal y el pecado en sí mismo y en relación con los otros: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7). “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”, escribía San Pablo (Rom 5, 8).

11.- El Apóstol vuelve sobre este tema en diversos puntos de sus Cartas, en las que reaparece con frecuencia el trinomio: redención, justicia, amor.
“Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús… en su sangre” (Rom 3, 23-25). Dios demuestra así que no desea contentarse con el rigor de la justicia, que, viendo el mal, lo castiga, sino que ha querido triunfar sobre el pecado de otro modo, es decir, ofreciendo la posibilidad de salir de él. Dios ha querido mostrarse justo de forma positiva, ofreciendo a los pecadores la posibilidad de llegar a ser justos por medio de su adhesión de fe a Cristo Redentor. De este modo, Dios “es justo y hace justos” (Rom 3, 26). Lo cual se realiza de forma desconcertante, pues “a quien no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5, 21).

12.- El que “no había conocido pecado”, el Hijo consubstancial al Padre, cargó sobre sus hombros el yugo terrible del pecado de toda la humanidad, para obtener nuestra justificación y santificación. Este es el amor de Dios revelado en el Hijo. Por medio del Hijo se ha manifestado el amor del Padre “que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Rom 8, 32). A entender el alcance de las palabras “no perdonó”, puede ayudarnos el recuerdo del sacrificio de Abraham, que se mostró dispuesto a no “perdonar a su hijo amado” (Gn 22, 16); pero Dios lo había perdonado (22, 12). Mientras que, a su propio Hijo “no lo perdonó, sino que lo entregó” a la muerte por nuestra salvación.

13.- De aquí nace la seguridad del Apóstol en que nadie ni nada, “ni muerte ni vida, ni ángeles… ni ninguna otra creatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom 8, 38-39). Con Pablo, la Iglesia entera está segura de este amor de Dios “que lo supera todo”, última palabra de la auto-revelación de Dios en la historia del hombre y del mundo, suprema auto-comunicación que acontece mediante la cruz, en el centro del misterio pascual de Jesucristo.

Mano de la Virgen del Carmen

Hoy la Eucaristía ha tendido lugar una ofrenda muy especial, la mano de la antigua imagen de la virgen del carmen, desaparecida en el fatídico año 1936.
La Hermandad de nuestra Señora del carmen, ha invitado a todo el pueblo de El viso a la Eucaristía de hoy, donde se ha dado a conocer tras la misma la mano de la antigua imagen.
El fragmento se ha ubicado en forma de reliquia , bajo los pies de la actual imagen que posee la hermandad, y se podrá ver a través de una urna de cristal,donde se ha preparado aprovechando el hueco de un sagrario inutilizado.
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Encuentro Parroquial

ENCUENTRO PARROQUIAL
Martes 10 de enero de 2017

LA PASIÓN: JESÚS Y BARRABÁS

Toca que tratemos en el encuentro de hoy, tal como vamos siguiendo, el número 596 de Catecismo. Helo aquí:

Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19). Los fariseos amenazaron de excomunión a los que le siguieran (cf. Jn 9, 22). A los que temían que “todos creerían en él; y vendrían los romanos y destruirían nuestro Lugar Santo y nuestra nación” (Jn 11, 48), el sumo sacerdote Caifás les propuso profetizando: “Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación” (Jn 11, 49-50). El Sanedrín declaró a Jesús “reo de muerte” (Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2) lo que le pondrá en paralelo con Barrabás acusado de “sedición” (Lc 23, 19). Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21).

REFLEXIÓN A MODO DE HOMILÍA

(Caritas – Pastor de tu hermano – Cuaresma 1986, p. 111 ss)

“¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?” (Mt 27, 17).
“Me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 20).

Cuando el padre franciscano San Maximiliano Kolbe, santo polaco, pidió ser cambiado por el vecino a morir, por el  próximo de la mala suerte, para ser ejecutado en su lugar, no debió pensárselo mucho. Si lo  piensa, a la luz de la moral, quizá se hubiera convencido de cómo lo que quería hacer rayaba en  el suicidio. Debió moverle más la fuerza del sentimiento.
Debió ser el impulso y la urgencia de una caridad sin límites. Debió ser una hermosa,  divina corazonada. Eran “los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (cf. Fil 2, 5).
Porque eso fue lo que hizo Cristo Jesús. Dejando su posición segura, quiso ponerse en  nuestro lugar, para ser condenado por nosotros. “Conviene que muera uno solo por el  pueblo y que no perezca la nación” (Jn. 11, 50), pontificó Caifás; “y no sólo por la nación,  sino también para reunir en uno los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn. 11, 52). Murió  por todos. Murió también por ti. Murió también mí. Por nosotros y en nuestro lugar.
Es el caso de Barrabás, “el hijo de su padre”. Para él había una cruz preparada. Pero en  su lugar se clavó a Cristo, “el Hijo único del Padre”. El Hijo de Dios, hecho Hijo del hombre,  se cambia por todo hijo de su padre, por todos y cada uno de nosotros. “Me amó y se  entregó por mí”. Derramó su sangre por mí y por “muchos”.
¿Quién es Barrabás?

Barrabás soy yo. No soy hombre justo, desde luego. Quizá no haya matado a nadie,  pero sí he dejado morir a muchos. No tendré las manos manchadas de sangre, pero  tampoco las tengo gastadas hasta la sangre. No he amado a mis hermanos, condenados a  muerte, más que a mí mismo, ni los he amado como a mí mismo. No sólo no les he dado mi  vida, ni siquiera una gota de mi sangre o de mi salud o de mi seguridad o de mi tiempo. No  les he acompañado ni les he comprendido ni les he defendido ni les he liberado. No les he  amado como Cristo me amó a mí. Entonces no cumplo con su mandamiento de amor. Entonces estoy en pecado. Entonces soy Barrabás. Pero Cristo me amó y se entregó por mí, nuevo Barrabás. Es la iniciativa de su gracia. Es pura gratuidad. No había en mí merecimientos, sino indignidad. Me amó porque quiso. Me amó porque me amaba. Me amó para hacerme bien. Me amó  para que no me condenaran. Me amó para que no muriera. Me amó para que aprendiera a  amar. Aquí, en este libro, aprendió San. M. Kolbe y tantos otros discípulos destacados de la  caridad.
Me amó gratuita e incondicionalmente, delicada y apasionadamente, compasiva y amistosamente. Me amó como el mejor médico, como el amigo preferido, como la madre más tierna, como el  esposo más enamorado. Me amó hasta el extremo, y su amor continúa renovándose cada hora. Y su amor no tiene fin.
Y se entregó por mí, el pastor por las ovejas, el Señor por el súbdito, el príncipe por el esclavo, el justo por  Barrabás, el Dios por el hombre. Podía haber entregado un precio cualquiera, un regalo bajado del cielo, una obra de sus manos divinas, una dádiva cualquiera; podía incluso  haber ofrecido algo más suyo: una oración o una fatiga o una gota de sangre. Pero nos la dio toda, se entregó del todo, no se reservó nada. Nos dio su sangre, su agua, su cuerpo, su Espíritu, después de habernos dado su palabra, su luz, su perdón, su amistad.
“Generador de toda entrega”.  Me amó y se entregó por mí. Este amor entregado es la fuente de todos los amores y el  generador de todas las entregas: la de los mártires, la de todos los donantes y servidores de la caridad, la del franciscano padre Kolbe y la de tantos que aman y se entregan sin reservas, movidos  por la fuerza del Espíritu. Sea también de la mía. Si yo fui Barrabás, sea también redentor. Si Él se entrega por mí, yo debo entregarme por ellos. Amor saca amor. Iglesia, Caritas, pueblo de Dios aquí congregado…: aprende cuáles son y dónde están tus raíces. 

Añádase si se puede el comentario a la escena del intercambio de miradas entre Jesús (Jim Caviezel) y Barrabás (Pietro Sarubbi) en la película La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, y cómo cuenta Pietro Sarubbi su conversión.
Véase la escena, con una aparición de Claudia Procula, la mujer de Pilato, en una ventana… “Mientras él estaba sentado en el tribunal, le mandó a decir su mujer: “No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa” (Mt 17, 19).

Reyes Magos

Como cada año a tenido lugar la Adoración de los Reyes Magos de Oriente al Niño Dios. Con una gran puesta en escena, los tres reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, la cartera Real, la estrella de la ilusión y la reina junto a sus séquitos, entraron en la parroquia de Santa María del Alcor , con todo el algarabía que requiere la ocasión, para adorar al Niño Jesús y ofrecer todas las buenas intenciones de los niños y mayores que allí se habían reunido.
Cada año, son más las personas que se acercan hasta la parroquia para participar en este bonito acto.
En el interior de la iglesia, D. Alberto Jaime Manzano, Vicario Parroquial de la Santa María del Alcor , se dirigió a Sus Majestades los Reyes con unas cariñosas palabras de bienvenida y de agradecimiento. A continuación,se proclamó la palabra de Dios, el Evangelio y homilía a cargo de D. Alberto.
Los Reyes leyeron cada cual su comunicado y ofrecieron al Niño Jesús un obsequio mas el oro , incienso y mirra,tras el saludó a los allí presentes y animar a todos a ser felices y buenos.

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